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EL FIN DE LA INOCENCIA
Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales
Stephen Koch
Barcelona, Tusquets, 1997, 451 págs., 3300 ptas.
No hace mucho apareció en librerías, publicado por Tusquets Editores, un libro apasionante, de los que difícilmente se abandonan una vez comenzados: El fin de la inocencia (Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales). Su autor, Stephen Koch, profesor de la Universidad de Columbia, es, además de un minucioso e inteligente investigador -lo ha demostrado con esta obra-, un novelista de éxito, lo cual explica la amenidad con que ha expuesto el producto de sus pesquisas como historiador. Al finalizar la lectura de las cuatrocientas y tantas páginas del volumen, reafirmé una convicción: la política, cuando se practica al margen de la ética -que es lo más frecuente-, no es sino el arte de manipular conciencias. Demasiadas veces el discurso político es sólo el manto retórico que encubre los intereses que lo originan. En política, decía José Martí tajantemente, la verdad es lo que no se ve.
El libro de Koch es la historia de la verdad oculta tras las máscaras y andanzas de un mañoso conspirador alemán que trabajó, desde los tiempos de Lenin hasta poco antes de aparecer muerto misteriosamente en Francia, en 1940, para los aparatos de espionaje y propaganda de la Unión Soviética. El ilustrado agente bolchevique Willi Münzenberg, especie de héroe de novela decimonónica colocado dentro de un escenario del más clásico realismo socialista, es el personaje central de esta historia, en la que aparece rodeado de otros -jefes o subordinados suyos- tan novelescos como él.
Desde sus inicios, en la segunda mitad del siglo XIX, y en todos los países donde se produjo, el movimiento comunista se caracterizó por combinar en su acción política el adoctrinamiento con la conspiración. La falta de libertad obliga a conspirar, de ahí que los comunistas, forzados durante mucho tiempo a la clandestinidad por la proscripción de sus organizaciones y la persecución policiaca, conspirarán contra el poder establecido; de ahí también que dentro de los regímenes que crearon, carentes de democracia, tuvieran que conspirar unos contra otros para modificar políticas y sustituir dirigentes. En sus relaciones internacionales, los Estados marxistas, encabezados por la URSS, no dejaron de conspirar nunca para desestabilizar las potencias enemigas y extender el comunismo al resto del mundo.
Los intelectuales, por su influencia en la opinión pública y por sus relaciones con las esferas de poder, fueron blanco del interés de los servicios secretos de las naciones comunistas, que vieron la posibilidad de crear con ellos verdaderos "caballos de Troya" de espionaje, propaganda y desinformación en el seno de las democracias occidentales. En El fin de la inocencia, Koch expone minuciosamente, apoyándose en una reveladora documentación ( que incluye informes consultados en archivos soviéticos de difícil acceso) el entramado que a esos fines urdieron la CHEKA y su sucesor el KGB y el papel jugado por la Internacional Comunista (Komintern) en la manipulación de la intelectualidad progresista de Europa y América durante los convulsos años anteriores a la II Guerra Mundial.
Sorprende la habilidad, la tenacidad, el oficio, la osadía y la falta de escrúpulos con que los agentes soviéticos lograron solapar con su prédica antifascista los acercamientos apaciguadores de Stalin a Hitler seis años antes de la firma del pacto de no agresión entre la URSS y la Alemania nazi; con que convirtieron en espía de su marido a la esposa de Romain Rolland y en espía de sus amantes Máximo Gorki y H.G.Wells a la baronesa rusa Moura Budberg; con que manejaron la agitación social contra el sistema norteamericano a propósito del caso Sacco y Vanzetti, un proceso judicial común por atraco con asesinato transformado por ellos de manera siniestra en escándalo político; o con que crearon periódicos, revistas, editoriales, empresas fílmicas, bibliotecas e instituciones políticas y culturales como tapaderas de su laborantismo, diseñadas y controladas desde Moscú, y transformaron en ingenuos colaboradores -peleles de buena fe que creían en el "humanismo soviético", como creímos tantos- a escritores y artistas de primera magnitud, entre los cuales figuran Ernest Hemingway, André Malraux, Henry Barbusse, Louis Aragon, John Dos Passos, Dorothy Parker, Georg Grosz, Bertold Brecht, Erwin Piscator, Guy Burguess... Como afirma Koch, la mayoría de esta gente controlada por Münzenberg y su equipo de profesionales del engaño "no tenían la más remota idea de que sus conciencias estaban siendo orquestadas por agentes de Stalin". "Con cierto menosprecio", apunta Koch, "Münzenberg tildaba de "inocentes" a esta gran horda de fieles radicales".
Willi Münzenberg, el oscuro, tenaz, astuto y laborioso artífice de una tan eficiente red de instrumentadores de conciencias, quien comenzó su carrera a la sombra del propio Lenin y bajo la tutela del influyente, culto y tortuoso polaco Karl Radek -otro de los ases de la intriga y el complot al servicio del Kremlin- y que desarrolló asombrosamente sus dotes conspirativas cosechando, para desesperación de los servicios de contrainteligencia occidentales, éxitos espectaculares a lo largo de casi todo el período estalinista, un día de 1939 sintió miedo del amo al que servía: Stalin sospechaba de él y lo llamaron de Moscú. Willi desertó, intentó escapar de la Francia invadida por los alemanes y más tarde unos cazadores hallaron al pie de un árbol su cadáver putrefacto con una soga atada al cuello. El hombre que supo burlar a todo el mundo ¿fue atrapado con su propia red?.
Como dice François Furet en el breve texto con que prologó El fin de la inocencia, "gran parte del fenómeno comunista del siglo XX nos remite a la historia como complot". El gran mérito del historiador norteamericano Stephen Koch en este libro consiste en facilitarnos el conocimiento de la faceta menos explorada del complot organizado por la primera potencia comunista contra el sistema democrático mundial: la que corresponde al mundo del arte y la literatura.
Manuel Díaz Martínez
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