CUBA: LA MÁS DIFÍCIL VISITA DEL REY

Carlos Alberto Montaner
 
El rey Juan Carlos se prepara para viajar a Cuba, pero, como en Rashomon, cada personaje cuenta la historia desde un ángulo diferente.
Comencemos. Desde hace por lo menos tres años todos los días un diligente empleado del ayuntamiento de La Habana le pasa el plumero al viejo trono situado en el Palacio de los Capitanes Generales. Ahí lo sentarán para la foto histórica, mientras Eusebio Leal, el más elocuente de los delfines de Castro, y el más cortesano, pronunciará algún discurso o recitará algún soneto compuesto para la ocasión. Eusebio tiene una hermosa veta lírica. Será la primera vez que un monarca español en funciones pise suelo cubano. Don Juan, el padre de Juan Carlos, que fue rey espiritual en el exilio, por lo menos para algunos españoles, sí pasó por la Isla, mucho antes de la llegada de Castro al poder, invitado por el director del Diario de la Marina, don José Ignacio (Pepín) Rivero. El hijo de Rivero, por cierto, acaba de devolver a España la "Orden Alfonso X el Sabio" con que lo habían condecorado. ¿Causa? La política de España con la dictadura cubana, y, entre otras razones, el viaje de Juan Carlos. Los exiliados, muchos de ellos hijos, nietos y hasta españoles de nacimiento, están que trinan con esa visita. No se explican por qué España trata con tanta deferencia a un gobierno que les confiscó sus propiedades, los maltrató, con frecuencia los encarceló, y luego los obligó a emigrar.
La mayor parte de la oposición situada en el exterior tampoco entiende por qué el gobierno español, invocando razones éticas y jurídicas, pide la extradición de Pinochet para juzgarlo por sus crímenes, mientras fomenta los lazos diplomáticos y económicos con un tirano aún más cruel. Diecisiete años duró la dictadura de Pinochet. Al cabo de ese periodo, el general aceptó el veredicto de las urnas y entregó el poder. Castro lleva cuarenta años, no ofrece el menor indicio de someterse a elecciones libres, y afirma, desafiante, que estará otros cuarenta al frente del país. A Pinochet le imputan cuatro mil asesinatos -que ya son bastantes-, mientras al Comandante le adjudican dieciocho mil ejecuciones con nombres y apellidos, toda clase de torturas a los presos políticos, más decenas de miles de "balseros" ahogados en el mar cuando intentaban escapar de un sistema, que, literalmente, los mata de hambre.
La oposición dentro del país, frecuentemente apaleada, encarcelada, y siempre bajo la vigilancia estricta de la policía política, ve las cosas de otro modo. Para ellos -Gustavo Arcos, Oswaldo Payá, Elizardo Sánchez, Oswaldo Alfonso Valdés, Morejón Almagro, Raúl Rivero, entre otros-, Juan Carlos es un símbolo de la libertad. Es el monarca que contribuyó a traer la democracia a España, y luego la salvó de un golpe militar. Los disidentes creen que la presencia del rey español aliviará la situación en la que viven, al menos por unos días. Lo perciben como una especie de talismán mágico. Sueñan con que Juan Carlos los defenderá de la opresión, desafiará al tirano en su propia casa, se dirigirá al país por televisión para exigir libertades, y, naturalmente, se reunirá ostensiblemente con ellos, ampliando el estrecho margen de legitimidad que han conquistado. ¿No lo hizo con los demócratas chilenos, uruguayos y argentinos cuando sufrían sus respectivas tiranías? No hacerlo con los cubanos sería una señal de infinito desprecio. Reunirse y retratarse con ellos, en cambio, puede hacer avanzar unos milímetros la causa de la libertad.
Pero Fidel Castro tiene otros planes. Para él la visita de Juan Carlos es una oportunidad gloriosa de fortalecer su gobierno. Castro es un mago de las relaciones públicas. Su tiranía cumplió cuarenta años y quiere celebrarlo en grande. Primero lo hará con Juan Carlos, y unos meses más tarde con todos los jefes de Estado y de Gobierno de Iberoamérica, menos el nicaragüense Arnoldo Alemán, que no está dispuesto a servir de comparsa. Su estrategia -la de Castro- consiste en transmitir la imagen de que a él y a su régimen se les aceptan tal como son, sin necesidad de aperturas, cambios, transiciones, perestroikas u otras zarandajas inventadas por la CIA. Y para esos fines, las fotos con el rey, su "amigo", los brindis, los banquetes y los abrazos, son mensajes perfectos. En el lenguaje subliminal de la política eso quiere decir: "no hemos hecho nada malo, los demócratas nos quieren y respetan, nuestro gobierno es internacionalmente aceptado y admirado". Incluso más. Eso también quiere decir: "los yanquis son los únicos que nos rechazan, aquí ha venido el rey de España, como antes el Papa, a enfrentarse al bloqueo criminal de Washington; el mundo entero está junto a nosotros, quienes piden cambios dentro o fuera del país son una insignificante minoría".
Para obtener esa enorme rentabilidad política Castro comprende que tendrá que hacerle alguna concesión al rey. Deberá, por ejemplo, ofrecerle una tribuna para que dicte su magistral conferencia sobre la libertad. Es un rito conocido. Muy bien puede ser el centro cultural hispanocubano o el Aula Magna de la Universidad de La Habana. En cualquiera de los dos casos, el gobierno cubano sabe perfectamente cómo evitar que esas palabras lleguen al pueblo y se conviertan en una tentación subversiva. Es una dictadura hermética y eficiente. Por una parte, los conferenciantes suelen utilizar un cuidadoso lenguaje político para no herir a los anfitriones, mientras todos los medios de comunicación están en manos del gobierno. Por otra, el público seleccionado, generalmente formado por cuadros del Partido y oficiales de la Seguridad del Estado, son perfectamente inmunes al mensaje del inoportuno huésped. Conocen de sobra lo que van a escuchar y les importa un comino. Hablar en esas condiciones es como cantar en la ducha. Un ejercicio grato, pero inútil. Ya le tomaron el pelo a Abel Matutes, a Manuel Fraga y al Ministro de Relaciones Exteriores de Italia. Antes lo habían hecho con el diputado Guillermo Gortázar en otro contexto, quien a su paso por La Habana no se privó de cantarle las cuarenta al régimen...sin que nadie consiguiera enterarse dentro de Cuba. El "aparato" cada vez es más hábil en la puesta en escena y control, como dice Ricardo Alarcón con desdén e ironía, del "consabido truco contrarrevolucionario del discursito democrático".
Si "el discursito democrático" resulta poco para las demandas españolas, Castro tal vez le obsequie al rey varios prisioneros, además de unas cuantas cajas de puros. Cuatro de ellos, muy notables -Vladimiro Roca, Félix Bonne Carcassés, Beatriz Roque y René Gómez Manzano-, acaso los esté reservando para Juan Carlos. En Cuba los presos políticos son como el vino. Los hay de reserva y de crianza. El Papa pidió a estos cuatro valientes y no fue complacido. Sacarlos de los calabozos donde se pudren de hambre y enfermedades, y entregárselos al rey, sería una delicada señal de amistad. Un gesto deferente y amable. Son cuatro intelectuales que escribieron una excelente refutación de las tesis oficiales del Partido Comunista, y, por esa razón, sólo por ésa, acabaron en la cárcel. Como han obtenido una enorme publicidad, entre otras cosas porque Vladimiro es hijo de Blas Roca, el fundador del Partido Comunista cubano, han alcanzado cierto valor en el terrible mercado de las víctimas. Regalárselos al rey, desde la perspectiva de Castro, es como darle su mejor caja de Cohibas. O algo así. En todo caso, siempre será fácil reemplazarlos por otros disidentes. En la Isla lo único que abundan son los presos políticos potenciales.
Los empresarios españoles avecindados en Cuba aplauden la visita por otras razones. Para ellos el monarca, además de ser el Jefe del Estado, es una pieza en el constante pulso que mantienen con el gobierno. Los hoteleros y otros inversionistas españoles han presionado y rogado sutil o abiertamente al Rey para que se presente en la Isla. No se trata de fomentar las inversiones -ellos ya estan allí y lo que menos desean es más competencia-, sino de complacer a las autoridades cubanas.
Es el gobierno cubano el que desea la visita del rey y les pide a los empresarios españoles que lo consigan. Los hoteleros españoles, o los banqueros, o los fabricantes de uralita, situados en República Dominicana o en Costa Rica, no acosan a Juan Carlos con estas peticiones, sencillamente porque no lo necesitan. Pero Cuba es diferente. Estos empresarios han terminado por formar un lobby que funciona en España a favor del gobierno cubano. Hábilmente, Castro los utiliza en su propio beneficio político. Como Cuba no es un Estado de Derecho, los empresarios tienen que bailar al son que les toquen, o sus intereses corren peligro.
El asunto es serio, porque cada vez con más frecuencia se producen confiscaciones ilegales de propiedades españolas. Al industrial madrileño José Fernández, según contara en ABC el 6 de agosto de 1994, le arrebataron "La Tasca Española" instalada en la Marina Hemingway. A dos valencianos recientemente los acusaron de tráfico de drogas y los privaron de sus bienes sin oportunidad de defenderse. A un catalán lo obligaron a liquidar la discoteca del Comodoro por una fracción de su valor real. A un alto ejecutivo español de una empresa mixta, homosexual, lo filmaron en situaciones comprometidas y lo forzaron a salir del país. ¿Moralidad? No: se trataba de alguien que juzgaba muy críticamente al gobierno cubano. Eso explica el siguiente párrafo de Fernández en el artículo citado: "Esta atmósfera policiaca da lugar a la creación de un estado de terror del que no se pueden separar, aunque quieran, los inversionistas que van a la Isla. Primero los comprometen como víctimas, puesto que la secretaria o el chófer que les asignan son siempre informantes de la policía política que mantienen un estricto control sobre ellos. Y luego estos inversionistas y empresarios extranjeros también acaban convirtiéndose en cómplices. Se les piden informes sobre otros empresarios y sobre otros extranjeros, se les pide que espíen para beneficio del gobierno cubano. Yo mismo tuve que hacerlo en diversas ocasiones si quería mantenerme en Cuba y si quería que la revolución no perdiera la confianza en mí."
No en balde Pax Christi, la muy reputada organización católica, en una reunión llevada a cabo en Bruselas en diciembre pasado, en la sede del Parlamento Europeo, expresó serios reparos a las inversiones en Cuba. Se trataba de un problema ético de la mayor trascendencia que puede acabar acarreándoles responsabilidades penales a estos empresarios. Por lo pronto, en las transacciones de los empresarios extranjeros con el gobierno cubano se violan media docena de acuerdos internacionales suscritos en la OIT por España y Cuba. Y se violan en detrimento de los trabajadores cubanos, lo que, en su momento, puede terminar en los tribunales y en millonarias reclamaciones a estos "desaprensivos inversionistas", como los calificara un documento firmado en Cuba por numerosas organizaciones de disidentes.
Con esos tiros, ¿le conviene al rey de España visitar Cuba? ¿Le conviene a España? ¿Le conviene a los cubanos?¿Le conviene a la futura relación entre los dos países? Según todos los síntomas, ir a la Isla en las postrimerías del castrismo acaso no sea la mejor decisión tomada en la Zarzuela. Mejor hubiera sido, como alguien le señalara al rey Juan Carlos, que "se reservara para cuando Cuba fuera democrática, y así entraría triunfalmente en La Habana como el rey solidario que no tocó suelo cubano hasta que lo vio libre". Durante los cuatro siglos de vínculos históricos ningún rey o reina españoles visitó Cuba: ¿cuál es la urgencia de hacerlo ahora, en el peor momento? Todavía hay tiempo para rectificar.

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