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LA PACHANGA MONETARIA CUBANA
- Ramón Alberto Cruz Lima
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- En el vasto mercado del globo terráqueo están involucradas cientos de monedas, tantas como países. Pero hay monedas y MONEDAS. No todas gozan de igual apetencia. A nadie se le ocurriría, por ejemplo, entregar libras esterlinas a cambio de rupias hindúes, salvo que esté de paso por Nueva Dehli o Calcuta. De la misma manera es poco probable que un Banco cualquiera acceda a venderle marcos alemanes por dirhams marroquíes, si acaso, el Banco Central de Casablanca a sus naturales por algún motivo justificado y siempre bajo ciertas regulaciones cuantitativas.
Existe en cambio un grupo de monedas que sí son acepatadas incondicionalmente por todos los bancos: se trata de las monedas "duras" o libremente convertibles. La privilegiada selección está encabezada por los signos monetarios de varias naciones primermundistas, en particular los miembros del llamado Grupo de los Siete (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia y Japón).
Según una hilarante inscripción que reza en los billetes cubanos, cada uno de ellos es "convertible en oro y todos los demás activos del Banco Nacional de Cuba". Lo desternillante del caso es que en la práctica esos billetes no son convertibles ni a una frazada de piso, porque hasta artículos tan insignificantes como ese deben ser adquiridos en moneda foránea.
El dinero patrio, que antaño disfrutó de salud tal que Martí desde su viñeta miraba a Washington de igual a igual, hoy no es más que una ficha con valor ficticio, similar a los billeticos del juego de Monopolio de nuestra infancia. Con esas fichas, el Gobierno hace como que les paga a unos obreros que a su vez hacen como que trabajan, y que sólo le sirven para adquirir los pocos productos racionados que se expenden en las bodegas, cotizar al Sindicato y al Partido y comprar alguna viandita en el mercado campesino. Para todo lo demás (ropa, calzado, aseo, electrodomésticos y hasta fosforeras) sírvase Ud. del "hard money".
Esta (la cubana) es una economía a punto de su dolarización total. Aunque en teoría aquí el mercado en divisa existe solo con el fin de recaudar recursos con que reanimar la economía nacional y asegurar una oferta creciente en moneda propia, lo cierto es que cada vez que se anuncia la inauguración o reapertura de una fábrica, su producción resulta dirigida exclusivamente al mercado-dólar. Así pasó con los ventiladores, refrigeradores y cocinas de la INPUD de Santa Clara, con la fábrica de chancletas Caribe de Santiago de Cuba, con los productos de jabonería y perfumería Suchel de Ciudad de La Habana, con las roneras, cervecerías y embotelladoras de agua mineral de marca y con decenas de producciones a lo largo del país. Esto es sin contar a los cientos de industrias locales cuya oferta de fideos, galletas, dulces, conservas, salsas, confituras, cubos, cepillos, horquillas y la mar de miscelánea doméstica que antes se distribuían por la libreta de racionamiento, reaparecen ahora en los mostradores de las llamadas "tiendas sin colas"... y, sin vergüenza, agregaría yo.
Pero no solo la oferta de bienes está signada por el maleficio verde. La esfera de los servicios ya comienza a efectuar sus ajustes correspondientes para adherirse a la pachanga. Ahora, por ejemplo, si a Ud. se le quema el motor del refrigerador ( algo nada extraordinario con los apagones de acá ), no le quedará más remedio que solicitar su reparación en USD, salvo que Ud. posea una paciencia blindada para esperar los más de tres años que demora el servicio en la moneda de su salario. La fotografía de su boda o el cumpleaños del nene, si a color y con rapidez, FOTOSERVICE se lo ofrece... en divisa, claro.
La marea verde lo inunda todo. Hace unas semanas recorrí la calle Obispo, de La Habana Vieja, y en sus aceras apenas observé opciones en nuestra moneda. Librerías, dulcerías, boutiques, galerías de arte, tiendas, buroes de reservación, restaurantes, ¡ y hasta los pordioseros!, todos recabando el dólar, que posee una asfixiante omnipresencia.
Que vivimos sobre un verde caimán ha dejado de ser metáfora para convertirse en materialidad cotidiana.
Como política de Estado, la segregación monetaria que padecemos es una actitud sumamente cómoda, relajante, sabrosa, cumbanchera. Que otro emita dinero, que mantenga su liquidez, que afiance su paridad, que aumente sus reservas, que eleve la competitividad de sus productos, que innove, que luche su presencia en los mercados, que robustezca su balanza de pagos, que vigile su salud bursátil, que mejore sus tasas de interés, que preserve su estabilidad política, en fin, que guapee y se devane los sesos, mientras otro echa la moneda propia al retrete e inunda su economía con el medio de pago inmunizado y cimentado por aquel. Regio.
Para sublimación de la impudicia ese Gobierno, por cuyas venas fluye salvador el suero ajeno, no escatima tribuna para desafiar y ridiculizar al país que de alguna manera lo sustenta. Pero lo más repudiable de todo es que buena parte de esa divisa, lejos de ser obtenida con un esfuerzo productivo y exportador, le es birlada sutilmente al exilio cubano manteniendo como rehenes del hambre y la desesperación a sus familiares en la Isla. De ahí la escandalosa proliferación de vidrieras de neón hasta en los suburbios más miserables: la cosecha de la infame remesa debe ser facilitada.
Viendo el heterogéneo surtido que puebla esas tiendas, uno llega a la conclusión de que el único bloqueo real que padece Cuba es el de su propia moneda y el de su incapacidad como sistema. Y pese al rezongue, las diatribas y el resentimiento de sus gobernantes hacia ese Norte "que nos quiere someter", la paradójica realidad es que sus sillas permanecen en pié gracias al dólar y a la vilipendiada por ellos economía que lo respalda.
Qué irónico después de todo. Quién lo hubiera pronosticado. Los herederos del noble Liborio sobreviviendo hoy a expensas del billete de los Platt, Magoon, Sumner Welles, Caffery y toda la retahíla de personajes aborrecidos por generaciones de cubanos. Los limpios rostros de Martí, Maceo, Máximo Gómez, Camilo y Calixto García escondiendo su vergüenza en barsitos de mala muerte con ron adulterado, mientras Washington, Lincoln, Hamilton, Jackson, Grant y Franklin conquistan las calles de La Habana sin disparar un tiro y descorchando los mejores rones nacionales.
La radical, soberana, antimperialista, temeraria y arrogante Revolución se aferra como asmático al nebulizador, inhalando el dinero del Imperio, el dólar fortificado por la economía de los Reagan, Bush, Torricelli, Mack y Helms.
Vivir para ver.
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