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NUESTRA RESPONSABILIDAD EN LOS MEDIOS
- Daniel Silva
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- A pesar de las críticas el llamado entorno revolucionario cubano tiene mejor prensa en España que los exiliados. Nada es absoluto, pero la percepción generalizada entre los opositores al gobierno de Fidel Castro es que la sociedad española no les acaba de entender. Por una extraña parábola, el dictador caribeño siempre es "justificado" in extremis y no hay manera de que prevalezca un análisis objetivo de la realidad cubana. Incluso, el precedente del caso Pinochet que tanta esperanza ha creado entre los refugiados cubanos, no acaba de provocar la tan deseada ola solidaria anticastrista.
El escenario es tan gris que los propios cubanos nos hemos acostumbrado a vivir y a sobrevivir haciendo muy poco por cambiar ese estado de cosas. Sabemos hacer de víctimas y si no tenemos mejor prensa, la culpa es de los otros. De manera individual nos adaptamos con éxito a la nueva realidad social, pero nuestra capacidad de colaborar o trabajar unidos para difundir una imagen realista de la Isla es bastante limitada. Sabemos que el poder de Fidel Castro es muy fuerte (todo un país a su servicio), pero en España no hemos sabido encontrar el antídoto que contrarreste su fuerza. Si ese estado de cosas se compara con los niveles de influencia alcanzados en los Estados Unidos, la evaluación sería más crítica.
Recordemos que en los Estados Unidos los cubanos han sabido juntarse para hacer lobby en Washington y son líderes en las comunidades donde residen. Son capaces de influir en entre políticos liberales y conservadores, en la economía y en las finanzas, e incluso, en el cerrado mundo cultural anglosajón existe presencia cubana. Ese modelo que ha dado sus frutos en Norteamérica, no tiene su equivalente europeo. Primero porque son sociedades capitalistas donde los sistemas políticos históricamente han funcionado de manera diferenciada. Basta saber que el discurso anticomunista que al otro lado del Atlántico tiene sentido, en Europa no funciona porque gran parte de la socialdemocracia europea no es más que la modernización de lo que en su día se llamó eurocomunismo.
Por otra parte, el modelo cubano-americano ha copiado la experiencia del lobby judío que basa sus relaciones diplomáticas en una gran presencia en Washington olvidando que desde el fin de la Guerra fría es necesario estar presente en otras capitales mundiales, sobre todo en los centros de poder que diseñan la política exterior de la Unión Europea. En este caso el ejemplo palestino es clarificador: con menos recursos que el gobierno de Tel Aviv, pero con una mayor diversificación de su presencia diplomática, han sido capaces de generar solidaridad para con su causa. Los cubanos exiliados debemos estar y saber estar en Europa, fundamentalmente en España, para que nuestra voz sea escuchada en Bruselas.
La responsabilidad es de quienes deseamos que las cosas cambien, nadie lo hará por nosotros. En España el escenario descrito no comenzará a transformarse hasta que los exiliados no inviertan en la difusión de sus ideas. Se debe invertir, dedicar recursos económicos y financieros a la comunicación, a los medios que diseñan y trasmiten las informaciones. No bastan las relaciones políticas y las gestiones diplomáticas. Estas son infructuosas si el contexto no las facilita, si no se tiene ganada a la opinión pública. En este punto se ha de tener en cuenta que el castrismo tiene mejor prensa no sólo porque genera simpatías ideológicas, sino porque también sabe usar eficientemente sus recursos económicos; sean estos limitados oficialmente o extensos en la cuenta personal del máximo líder.
Cuba está en crisis, la liquidez financiera del régimen es menor que la de los años ochenta, pero cada dólar-trueque es aprovechado en función del castrismo. No hay empresa española que invierta o compre en la Isla que no tenga que pagar el peaje de la fidelidad, dígase Sol Melià o Tabacalera. Nada de críticas abiertas al régimen. Los llamados "quedaditos", (cubanos que a cambio de la movilidad individual hablan de todo, menos de lo prohibido) encuentran patrocinadores en cuanto se establecen en Madrid, dígase Havana Club o cualquier empresario español interesado en invertir en la Isla. Pero mientras eso pasa en un lado del conflicto; en el otro, los exiliados cubanos con recursos económicos suficientes como para intentar contrarrestar esa corriente no acaban de entender que el milagro solidario no les caerá del cielo.
La historia de la Isla habla de clases dirigentes que tradicionalmente separaron economía de política y cultura. Creían vivir por encima del poder hasta que Batista les quitó el sueño y Castro les condenó a las tinieblas. En el mundo de los años noventa los exiliados cubanos que han triunfado económicamente siguen bastante ajenos a la política de la Isla (el desaparecido Jorge Más Canosa y su idea de la FNCA son la excepción a la regla) y con respecto a la cultura, la distancia no es humana, es cósmica. Quienes pueden diseñar la política europea de comunicación del exilio, siguen vendiendo con mucho éxito refrescos, pizzas, seguros, discos y alcoholes, además de gestionar de maravilla grandes almacenes y crear los mejores sitcoms de la tele. Sin embargo, no saben qué y cómo hacer para que Fidel Castro no siga vendiendo su discurso en España.
Los intentos más serios de hacer política cubana en España corresponden a la Plataforma Democrática Cubana, y más recientemente a la Fundación Nacional Cubano-Americana. La primera creó vías de comunicación diplomática y la segunda utilizó los canales políticos, importando a España su manera de hacer en los Estados Unidos. Pero a pesar de sus éxitos individuales, ambas organizaciones han visto como los cubanos exiliados son poco escuchados (en comparación con el régimen de La Habana) a la hora de hacer política española. Y ese es el principal error en el que se ha incurrido, pretender hacer sólo política cubana cuando aquí los cubanos exiliados lo que debemos es hacer todas las españas posibles: la política, la diplomática, la autonómica, pero sobretodo la económica y la cultural. Porque sólo de esta manera los españoles escucharán nuestro problema, que es nuestro y no de ellos.
El presidente José María Aznar se nos presentó con una política cubana aparentemente racional, pero quienes le vendieron la moto olvidaron que en Madrid no se puede hacer diplomacia estilo Miami. En cuanto Aznar se sintió acosado mediáticamente y La Zarzuela mostró un rumbo estratégico diferente, al presidente español no le ha quedado más remedio que darle la mano a Castro. No podemos culparle, los votos del PP no se fabrican en el otro lado del Atlántico. Sin embargo, si los cubanos exiliados, por ejemplo, estuviéramos más presentes en los principales medios de comunicación españoles, en las universidades o si se invirtiera en telecomunicaciones (un sector en franco desarrollo), nuestro diálogo con la sociedad española sería más fluido. Nos entenderían mejor.
Una anécdota del día a día, explicaría este escenario tan complejo. Un colega de la prensa le propuso a un empresario hispano-cubano invertir en marketing para que los españoles descubrieran otras realidades cubanas. El éxito en la venta de productos a domicilio serviría para patrocinar la aparición en una teleserie de un balsero cubano. La idea pareció gustar, al colega periodista no le dieron ni las gracias (le robaron la iniciativa), el dueño de los dineros debió ceder al dictado de los guionistas y el personaje terminó en manos de un quedadito; que como buen quedadito pidió que se suavizaran las críticas que por guión exigía la serie. El balsero de la tele es un emigrante económico y de política cubana, no me hables. ¿Hasta cuándo?
Si todos actúan así, hasta que el comandante se muera en la cama.
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