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EL MARIEL Y CUBA:
OLVIDOS Y MEMORIAS
- David Lago González
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- Cuando la revista Encuentro fue a presentar su número ocho/nueve donde incluyen un dossier-homenaje a El Mariel, un amigo español al que le habían enviado invitación me llamó para preguntarme si El Mariel era un poeta -supongo que debe haberle confundido la palabra "homenaje" y debe haber presumido que sólo los ilustres son merecedores de ellos (el pobre no sabe que en el argot cubano el verbo "homenajear" también quiere decir otras muchas cosas)-. Del lado de acá de Telefónica España, S.A. y ante tal tamaña muestra de inocencia, ingenuidad, ignorancia o mero producto de la información periodística que debe haber existido en su momento sobre el tema, manejada por lo que acertadamente Carlos Victoria llama "tenaz izquierda" y "tenaz derecha" (yo cambiaría "tenaz" por "terca", pero mi amigo Carlos, siempre tan evangélicamente comedido, prefiere la contención), yo, por un momento, no supe si reírme, si echarme a llorar, si insultarle - ¡qué culpa tiene mi pobre amigo español de ignorar el horror!-, si colgar el auricular sin contestarle nada o si colgarme yo con el cable que Telefónica España, S.A. había puesto entre mis manos. Debe haberme iluminado de repente San Carlitos Victoria, porque haciendo acopio de evangélica contención, comedidamente le explique que El Mariel no era un poeta, sino que más bien estaba situado al otro extremo de lo que puede ser la belleza de un poema. Y continué explicándole un poquito más -un poquito solamente, porque ya no me agoto en inútiles palabras- en lo que había consistido Aquéllo. Por supuesto, estoy seguro que no entendió nada, supongo que si a estas altura ya ha leído el dossier de la revista Encuentro seguirá sin entender nada, lo cual es comprensible, pues si quienes lo vivimos apenas si lo comprendemos -aunque desgraciadamente no podemos olvidarlo-, qué se le va a pedir al pobre muchacho -el olmo no da peras- y me alegro sinceramente por él.
Con el paso del tiempo uno se va encontrando con lapsos y recuerdos, y generalizaciones incluyentes y excluyentes, unas intencionadas -sospecho receloso- y otras simplemente naturales, por simple y espontánea omisión, pero no creo por ello, tanto las unas como las otras, sean del todo perdonables.
Yo solo he vivido en Madrid -además de mis 22 años anteriores en Camagüey, Cuba- y continuaré viviendo aquí -como dijo Durrutí: "no nos queda más remedio que morir en Madrid", lo cual no me parece motivo de resignación sino, incluso, hasta de alegría-, y desconozco como se verán las cosas desde Miami o desde cualquier otra parte de Estados Unidos: me refiero a cosas como El Mariel, a cosas como ésa llamada "Cuba". Pero puedo asegurar, paradójicamente, por aquí es cada vez más difícil dar con personas dispuestas a entender. E independientemente de la necesidad de creer que tiene el personal -naturalmente, la vida es más llevadera creyendo en algo que no creyendo en nada-, los propios cubanos tendemos a aportar más confusión. Tal vez, tristemente, eso es lo único que podemos aportar.
Cuando leí "Infome contra mí mismo"-"informe" que, dicho sea de paso, no encontré por ninguna parte- me indignó el que su autor, Eliseo Alberto, generalizara -no sé si en "lapsus mentis" o con intención- a toda una generación (a la que él y yo, y su hermano Rapi, y Carlos Victoria y otros muchos pertenecemos por igual o por contemporaneidad, que es por lo que se puede pertenecer a las generaciones) en masa como "creyente en la Revolución". Eso es faltar a la verdad, de la misma forma que faltaría yo si dijera que "mi generación -esa misma- fue en su totalidad apolítica o contrarrevolucionaria. Pero de lo que si estoy seguro es que muchos de los que entonces coincidíamos en el patiecito del escultor Fonticiella, en un apartado barrio de La Habana, nos desinteresábamos absolutamente de la Revolución, y hay una gran diferencia en creer en la Revolución a vivir -o no tener más remedio que vivir- dentro de la Revolución. Y por lo tanto, muchos de nosotros, por suerte, jamás tendremos que hacer informes contra nosotros mismos, sino que más bien deberíamos hacerlos contra otros, pero eso podría tomarse como "back stabbers"( y utilizo a propósito el título de una canción del soul de aquellos años para ambientar aún más el momento) y el tiempo del olvido está abierto.
Cuando asistí a una conferencia sobre "Homosexualidad y Literatura en la Revolución Cubana" impartida en el recinto del COGAM (Colectiva Gay de Madrid) por José Mario, María Elena Cruz Varela, Alberto Lauro y María Felicia Vera, fui escuchando las experiencias de cada década: José Mario con los primeros 60, María Elena con los 70, Alberto Lauro con los 80 y María Felicia Vera con los 90, todo ello estuvo muy bien, pero habiendo terminado todos me doy cuenta que no se había dicho absolutamente nada de una época tan crucial, definitoria y definitiva, y de gran represión, como fue el tramo que va del 60 al 70. Por quienes integraban la mesa, estoy absolutamente seguro que no hubo la menor intencionalidad de omitir ese periodo -tampoco habría tenido sentido hacerlo-, pero en honor a todos los que vivimos de una forma u otra aquel tiempo, aquella visualización cubana del movimiento hippi, tanto en La Habana como en Camagüey como en Santiago. de Cuba -por referirme simplemente a las tres ciudades que conozco más-, yo, desde el público, pedí la palabra e intenté rellanar ese lapso: por nuestra juventud, por nuestra música, por la mágica atmósfera de aquellos años, por las anfetaminas ( los "corazones contentos"), por la inocencia, por esa en cierta forma soterrada, débil y tal vez cobarde (nunca alzamos un arma, por supuesto) "tenacidad" a aceptar las normas de la nomenclatura. Y. sobre todo, porque en aquellos años se produjo la mayor redada colectiva de la Revolución: la que agrupó los puntos donde los ilusamentes autollamados "hippies" nos reuníamos : Coppelia, El Capri, los jardines de El Nacional y El Carmelo. Eso en La Habana. En Camagüey era la Plaza del Gallo.
Y finalmente llego al El Mariel, y cuando lo alcanzo resulta que también me encuentro con lapsos -y por supuesto con muchos recuerdos, pero solamente memorias de los que lograron salir por aquel puerto o por aquella embajada del Perú, como si la llamada "generación del Mariel" estuviera compuesta única y exclusivamente por los que lograron arribar a las costas de la Florida-. En mi cerebro hay igualmente lagunas: ojalá hubiera muchas más, ojalá toda el agua de mi propio apellido -Lago- inundara todos mis recuerdos y los ahogara para siempre, pero desgraciadamente algunos deseos no se cumplen. Durante el tiempo que permanecí en Cuba por no habérseme permitido salir por El Mariel, me consideré también orgullosamente un "marielito": en fin de cuentas lo que separa a cada década migratoria cubana es una simple "jaba", o el peso cada vez más vergonzoso de ese fardo. Ahora finalmente, he terminado no sabiendo lo que soy. En honor a los escritores, pintores, artistas y personas en general que intentamos escapar por la misma vía que la que utilizó la "generación del Mariel" y no pudimos hacerlo, y afrontamos igual que ellos los actos de repudio, y después no tuvimos, como ellos, que afrontar el rechazo de la colonia cubana de Miami, pero si el rechazo y la negación del saludo de muchos conocidos, el distanciamiento de amigos queridos, la abstracción de esos amigos ante las penurias económicas, la exclusión de toda vida laboral oficial y por tanto la marginalidad (dentro de nuestra propia marginalidad en Cuba), la persecución y la vigilancia continua e intensificada, y, por suerte, la solidaridad y la ayuda de algunos pocos; todos esos, también fuimos "marielitos". Marielitos de tierra.
¿Te acuerdas, Carlos, de Nelson, el maitre de Rancho Chico? ¿Te acuerdas de la noche que nos urgió para marcharnos porque fuera le estaba esperando su "flei"? ¿Te acuerdas que uno de nosotros le preguntó "¿tu qué?..." y él contestó "mi flei, mi compromiso", y de pronto todos al unísono estallamos en una carcajada general, y sin duda cruel, al darnos cuenta que "mi flei" significaba "mi flirt"? Pues ese pobre está en algún lugar entre las costas de Estados Unidos y Cuba porque los tiburones llegaron antes que los guardacostas norteamericanos, y también pertenece a la generación de El Mariel.
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