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UN CAMBIO PREOCUPANTE
- José A. San Gil
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- El reciente anuncio de la visita oficial de los Reyes a Cuba la próxima primavera, ilustra y confirma elocuentemente el cambio de política del Gobierno respecto a Castro. Se trata a todas luces de un cambio en profundidad, de un giro copernicano que sustituye la aspereza inusual con que se trató a Fidel en Chile hace apenas dos años por una cordialidad exuberante, insospechable hace bien poco y que no se sabe bien a qué obedece.
El bandazo en cuestión, tan llamativo, se ha producido sin que el Comandante haya "movido ficha" alguna en este tiempo, como secamente se le instó entonces a hacer, y sin que se haya atrevido el Gobierno a dar la menor explicación de su cambio de postura. Es pues de suponer que responde a la convicción de haber errado en la política con Castro, y al consiguiente deseo de rectificar a fondo, aprisa y en silencio. De ser así, como parece, hay sin duda fallos preocupantes en sus mecanismos de análisis y decisión, porque el fracaso, evidente, de esa política no se ha debido a lo equivocado de su orientación -que por primera vez en mucho tiempo era correcta- sino a pobreza conceptual en su formulación -que fue mínima-, vacilaciones en su presentación pública -que ha sido escasa- y torpezas diversas en su ejecución.
No le hubiera sido difícil, en verdad, corregir razonablemente tales deficiencias hasta dar a su política el tono justo de mesura y de firmeza. Ha preferido sin embargo, sin debate alguno, el plato de lentejas: renunciar sin más a la línea, sensata y decorosa, que con insistencia propugnó en su día y adoptar en su lugar la cómoda y miope que tanto criticó. Se vuelve, así, a desviar el foco del largo al corto plazo, a centrarlo en lo económico y a dejar en la penumbra lo que moleste al Comandante, a saber: todo lo que se refiera a los derechos humanos y civiles que niega a los cubanos.
Poco importa al parecer que siga Fidel haciendo sistemático y riguroso caso omiso de los compromisos por él formalmente contraídos en las Cumbres Iberoamericanas sobre democracia y derechos humanos y civiles, puro papel mojado cuyo cumplimiento nadie osa reclamarle. Y pasa de nuevo a ser irrelevante que Fidel siga hostigando y encarcelando a todo cubano que -como Vladimiro Roca, Bonne Carcasés, etcétera- cuente aún con el valor y temple necesarios para atreverse a reclamar allá, pacíficamente, libertad y democracia para Cuba.
Dará pues aquí el Gobierno, a buen seguro, satisfacción a quienes por interés o convicción apoyan a Castro, pretendiendo ver en él honrosamente encarnada la misma Cuba que él sojuzga, y se va a ahorrar sin duda muchas críticas. Pero no será gratis, por supuesto, sino a costa de erosionar su crédito político y de decepcionar dolorosamente a todo español comprometido con la libertad contra la tiranía y a cuantos cubanos creen tener derecho a esperar de España -y necesitan de ella- una política más decidida y conforme a los valores democráticos que informan nuestra Constitución.
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- (La Razón, 27 de noviembre de 1998)
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