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ELEGÍA Y REFLEXIÓN. QUINTO ANIVERSARIO DEL HUNDIMIENTO DEL REMOLCADOR 13 DE MARZO.
- Hay golpes en la vida, tan fuertes... yo no sé!
golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... yo no sé!(Los heraldos negros, César Vallejo)
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- Alina Fernández
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- Pronto hará cinco años que en una represalia devastadora, el régimen castrista impidió la salida de un remolcador con sesenta y ocho personas a bordo. Más de la mitad resultaron muertos. Y más la mitad de esa mitad eran niños. En la maniobra de "disuasión" participaron a su vez tres remolcadores, los Polargos dos, tres y cinco.
Los hechos ocurrieron el 13 de julio de 1994, a la salida del puerto de La Habana. Las luces de la ciudad eran apreciables todavía. Seguramente desde el malecón, con algo más que rayos infrarrojos, alguno de esos turistas inconcientes y felices, habría podido contemplar un genocidio.
Debo escribir. Sobre el remolcador 13 de Marzo. He leido un libro titulado Barbarie, y un editorial del Granma, ese periódico que nos adorna como cubanos hace cuarenta años.
Y la sinrazón de un juez español, en el diario La Razón, de Madrid.
Y yo no sé.
El libro es estremecedor de principio a fin; desde las descripciones hasta las poesías en honor de las víctimas. Alberto Fibla, su autor, tiene que haberlo concebido con mucho amor por sus compatriotas cubanos.
El periódico Gramma rompió su propio record de infamia, y le llama, a la barbarie, "una lección para irresponsables", y tanto los muertos como los vivos son calificados de malhechores.
El juez de la sinrazón dice que los hechos del 13 de julio de 1994, no se enmarcan en lo que se conoce como genocidio en estos tiempos, porque es "un hecho puntual".
Yo no sé.
No sé cómo empezar a escribir de algo que no viví, ni vi, ni padecí en carne propia aunque no fuera más que por estar emparentada con una de las víctimas.
"Cinco de las veinte mujeres que estábamos en el cuarto de máquinas, salimos a cubierta con nuestros hijos, para que los otros pudieran ver que había mujeres y niños a bordo".
No sé ni cómo acercarme a la pretensión de describir el dolor ajeno, aunque a todos los cubanos ese dolor nos sea tan propio.
"Ellos comenzaron a usar cañones de agua con alta presión golpeándonos. Empezamos a gritar, pidiéndoles que quitaran los chorros porque había niños inocentes hasta de cinco meses..."
No puedo tocar ese dolor pero puedo pensar. Pienso que cualquiera de esos niños podía ser un niño de mi barrio. Eliesito, Gipsy, Dani, Javierito, o el hijo de mi dulce vecina. Si cada uno de los vecinos cubanos viera una víctima posible en los niños de sus vecinos; víctimas, asesinados a manos de otros vecinos cubanos...
"Jesusito, que venía en el Polargo cinco con más fuerza, pasó adelante. Nosotros dimos un giro y tratamos de escapar. El nos volvió a perseguir".
Qué dolor de toda mi tierra, llena, a estas alturas, de víctimas y culpables, y de culpables de otras víctimas.
Cómo puede una ideología impuesta e inventada, poner en marcha las hélices para ahogar a familias enteras de vecinos...
Qué dolor del Chino, que dicen que le dicen al capitán del Polargo dos, a quien sus hijos verán calificado de asesino. Y sin redención. ¿Le habrán puesto al Chino la medalla esperada?
"Sentimos el impacto de uno de esos remolcadores para tratar de volcarnos. Después de varios impactos violentos, vino uno final que destrozó la parte de atrás..."
¿Y qué pensará Jesus Martínez, capitán del Polargo cinco, el mismo Jesusito que una de las víctimas cita en su testimonio? Por lo visto se conocían, dado el trato familar y en diminutivo que el testigo le da al capitán del remolcador que trataba de aniquilarlos.
¿Qué pensará Jesús Martínez mientras mira jugar a los niños de sus vecinos, en alguna calle caldeada de un barrio cualquiera de la Habana. Si sigue haciendo lo que hace, delatar, arrinconar, ultimar; si sigue obrando en el umbral del siglo veintiuno como un inquisidor, como uno de esos ejecutores de una de las edades más oscuras de la tierra, tal vez otro vecino, seguramente en circunstancias parecidas, ahogue a sus nietos.
Que habrá llevado al Chino, o a Jesús Martínez a lanzar chorros de agua y crear remolinos, poniendo sus barcazas en círculo, para ahogar a cuarenta personas, entre ellas veinte niños.
Tal vez no sepan que en el mundo civilizado, el mundo donde no se somete a la gente a través del miedo y el hambre y la privación de las libertades más elementales, abandonar un territorio ilegalmente es sólo una falta administrativa. Tal vez ni se imaginen que quedan pocos lugares en ese mundo donde no se pueda entrar o salir sin permiso de nadie.
"Cuando me encontré en el agua, sujeté a mi hija y comprendí que estaba en estado crítico con la cara y el estómago hinchados. Entonces vi un pedazo de tabla, puse a mi hija allí y empecé a darle respiración artificial."
La niña de esta testigo tenía tres años cuando ocurrieron los hechos. Tal vez, la razón de tanta efectividad en la disuasión sea que ni Jesusito ni el Chino se han visto revolcados en los círculos viciosos de una ola vieja; tan vieja, tan antigua como esas que merodean por el Castillo del Morro de La Habana.
Lo que nunca, estoy segura, nunca, esta mujer entenderá, es qué cataclismo del corazón, qué diabolismo, empujaba el ánimo de esos hombres en el momento de intentar cercenar su vida y la de su hija.
Dicen que algunos dicen, que el capitán Jesús Martínez deambula como un alma en pena por los alrededores de la casa de una de sus víctimas vecinas. Pero otros dicen que tal acontecimiento es improbable.
Yo no sé. Pero pienso. Pienso en qué podemos hacer, como nación; como hermanos. Pienso en los hijos o nietos de los victimarios y en los hijos o nietos de las víctimas.
Sé que los victimarios tambien desaparecen algun día. Pienso, y lo sé, que solo hay una tierra prometida.
Gracias a René Gómez Manzano, Alberto Fibla, Marcelo Manuel López. Ellos siguen buscando justicia.
Pero lo que tengo en el pecho es para María Victoria Suárez, que lo único que no perdió fué la vida.
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