La ³Tradición Autonomista² en Cuba

Lincoln Díaz-Balart

El otro día, trasladándome desde el Capitolio en Washington a una reunión en un edificio cercano, pasé por una placa conmemorativa en un parque junto al Capitolio, que informa al transeúnte que esa tierra fue propiedad del General George Washington, primer presidente de Estados Unidos. Igual que la de ese parque, muchas de las tierras donde fue construida la capital de Estados Unidos, fueron propiedad de George Washington antes de que se trasladara la capital a la ciudad aun no construida junto al río Potomac. Al leer la placa, pensé en lo justo que es, el hecho de que el General Washington sea recordado en la historia como el hombre indispensable de la independencia y el honesto y gran primer presidente de la República. Cualquier error que cometió Washington, cualquier exceso que tuvo, justa y apropiadamente es considerado muy inferior en importancia a los muchos aciertos que lo caracterizaron.
Entonces pensé en la historia de Cuba y en la forma tan negativa en que han sido tratados los hombres públicos cubanos, desde los fundadores de la República tras lanzarse a la manigua a pelear por la independencia en el siglo xix, hasta que colapsó la República el 31 de diciembre de 1958. Incesantes han sido, y continúan siendo, los análisis y comentarios condenando a los hombres públicos cubanos. Los culpables fueron ellos, según la tesis incesante, debido a la corrupción que los caracterizó, por el fin de la República y la llegada al poder de la auto proclamada ³revolución² de Castro en 1959 y el regocijo popular que produjo ese hecho trágico.
El contraste entre la forma en que Washington y los otros fundadores de Estados Unidos han sido tratados por la historia, y cómo han sido tratados los hombres públicos, los políticos, de la República cubana, es demasiado dramático para dejar de mencionar una de las más importantes diferencias entre las historias de las dos naciones.
En el caso de Estados Unidos, desde el primer día mismo de la independencia, los que escribieron la historia (y el acontecer cotidiano en los periódicos, que se va convirtiendo en la historia) fueron, precisamente, como Benjamín Franklin con su importante periódico en Filadelfia, el Pennsylvania Gazette, los padres de la patria, los fundadores de la nación. Thomas Jefferson, según se cuenta, donó su gran biblioteca personal para comenzar la biblioteca del Congreso de Estados Unidos y fundó la prestigiosa Universidad de Virginia tras dejar la presidencia. Los padres de la patria, en fin, pudieron ³hacer patria² hasta los últimos días de sus vidas. Y pudieron crear, pudieron encaminar, el rumbo de la historia escrita de sus hazañas, desde importantes y merecidas posiciones en los periódicos, en universidades y en sus autobiografías y otros libros de historia.
En Cuba, a los pocos padres de la patria que poseían capitales, se les confiscaron sus bienes, la totalidad de sus patrimonios, por el gobierno colonial español en los comienzos de la guerra de independencia en 1868. Fueron llevados a la destrucción económica absoluta, además de la física, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Francisco Vicente Aguilera, todos y cada uno de ellos. Aguilera, al morir exiliado en la ciudad de Nueva York, tuvo que ser enterrado como indigente por el municipio. Los que publicaban periódicos y escribían libros en Cuba, apoyaban la continuación del régimen colonial y atacaban ferozmente a los independentistas. Y entre los más cultos y preparados hombres de poder económico y de cultura, que atacaban a los independentistas, estaban los autonomistas, como Rafael Montoro y Jose María Galves, ambos miembros importantes del último gobierno colonial español que hubo en Cuba, en 1898.
Galves, Montoro y los demás autonomistas temieron que perderían toda su influencia tras la intervención americana en 1898 y más tarde en la República. Pero la realidad fue que nunca, ni ellos ni una parte importante de la esencia de su pensamiento, han perdido influencia. Desde el primer gobierno de la República, el de Tomas Estrada Palma, tuvieron prominencia, y en los medios de comunicación y los ³círculos pensantes², mantuvieron un poder extraordinario -y esa realidad tuvo un efecto corrosivo y destructivo sobre la República y sus instituciones.
En los ³círculos pensantes², desde Jorge Mañach en su ³Crisis de la Alta Cultura en Cuba² en 1925, donde, atacando ya a la República a solo 23 años de su comienzo, declaró que: ³Nuestra política -lo que, rebajando el noble concepto aristotélico llamamos ³política²- no es más que un engranaje de atenciones y de intenciones menudas, cuotidianas e inmediatas, sin vuelos poderosos ni levantadas vislumbres que aspiren a ampliar los horizontes de nuestro prestigio... Así se explica que no hayamos hecho tan solo el intento de emular al Uruguay -república casi tan pequeña como la nuestra- en sus admirables avances dentro de la legislación industrial y social, ni a la Argentina en su política (racista, nota de LDB) de inmigración. Así se comprende también que permanezcan sin resolver, con los problemas actualísimos de la nación: el analfabetismo, la subordinación económica, la corrupción administrativa,² hasta los formadores de opinión pública (por poseer la capacidad de expresar la opinión publicada) en poderosísimas revistas como Carteles o Bohemia, para los ³círculos pensantes² cubanos, los hombres públicos de la República no podían hacer nada bien. No importa que los derechos laborales cubanos llegaron a estar más avanzados en la República en casi todos los aspectos que hasta los que hoy existen en Estados Unidos. No importa que en el campo de la educación el índice de alfabetización de Cuba llegó a ser entre los más altos de Latino América, ni que en el tema de la salud pública Cuba llegó a estar entre los países más avanzados del hemisferio. No importa que, en 1957, más cubanos visitaran como turistas Estados Unidos que estadounidenses Cuba, no, los hombres públicos de la República no podían hacer nada bien -para las ³clases pensantes² todo era corrupción administrativa y mediocridad.
Mientras a los herederos de los padres de la patria nunca se les devolvieron sus bienes y propiedades en Cuba, a los autonomistas y los otros que tanto habían luchado contra la independencia (y sus herederos), se les protegieron sus intereses económicos por el Tratado de París entre Estados Unidos y España en 1898. Y esos sectores de la sociedad cubana con poder económico, continuaron, ya en la Republica, la ³tradición autonomista² de denigración, menosprecio y ridículo constante contra los hombres públicos cubanos y, en efecto, contra la República.
La ³tradición autonomista², la denigración constante de la República, logró ocultar las realidades positivas y los admirables logros sociales obtenidos por la misma, debilitó a sus instituciones y, en definitiva, destruyó a la Republica. La ³tradición autonomista² preparó el camino para que pudiera recibir el poder total en enero de 1959, con el respaldo absoluto de las clases pudientes y ³pensantes², el hijo de un soldado español, Valeriano Weyler, cuya larga tiranía ha constituido la revancha histórica de Weyler, Cánovas del Castillo y el colonialismo español. La ³tradición autonomista² continúa manifestándose hasta nuestros días. La tiranía de Castro la propaga a toda voz en su esfuerzo diario por asesinar el acervo histórico y cultural de la nación cubana y para demostrar que lo que ha destruido valía la pena destruirlo. Otros, más o menos mal orientados, mal intencionados o ambas cosas, parecen haberse creído su dañina y falsa leyenda. Contra todos los que, hasta hoy, mantienen viva la ³tradición autonomista², hay que rescatar la memoria histórica, defendiéndola y difundiéndola, para que los cubanos puedan enterarse libremente de la verdad. Y para proteger a la nueva República que se acerca.

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