- Intelectuales españoles contemporáneos.
Una perspectiva sueca
Luis Arranz Notario
La historia intelectual puede abordarse de muchas maneras, pues confluyen en ella varias ramas especializadas de la historiografía: la historia de la literatura, del arte, la de la filosofía, de las ideas políticas Cobra cada vez mayor importancia, en esta especialidad y para la época contemporánea, el papel de los medios y su condicionamiento sobre el autor, el pensador. Por supuesto, en multitud de casos, intelectual y política, son términos indisociables. Ahora bien, al final, lo que de verdad importa es la calidad de las ideas, la aportación de ingenio, verdad, lucidez o belleza que un intelectual, un pensador pueda aportar a la vida de su país, de su civilización incluso (lo que descarta el interés genuino, aunque no la importancia, de los fabricantes de ideología).
El interés de la aportación de una hispanista sueca, como Inger Enkvist consiste en abordar de esta manera la forma de hacer historia intelectual. Colaboradora de esta revista, Enkvist es bien conocida por los que se interesan en los problemas de la educación. Pero además, esta catedrática de la Institución de Lenguas románicas en la Universidad de Lund, es autora y coautora de varios libros interesantes sobre nuestro panorama intelectual más reciente: Pensadores y escritores hispánicos, colaboración con Eduardo Naranjo (Lund, 2001) y Los múltiples yos de Juan Goytisolo, en colaboración con Ángel Sauquillo (Almería, 2001). Por último, de Enkvist acaba de aparecer Pensadores españoles del siglo xx. Una introducción, (Argentina, 2005), que es el que aquí comentaremos.
Personalidad discreta y perspicaz, con una tendencia natural a la racionalidad y el sistema, la preocupación central de Enkvist en este último libro es proporcionar a sus alumnos, en principio muy alejados de la realidad española, un panorama coherente de qué autores y con qué significación definen las grandes tendencias de la vida intelectual española en el último siglo y hasta nuestros días. Con ese fin, de un modo deliberado, ha optado por desplazar la política del lugar central del análisis, y más aún de la valoración, para situarla en un plano más discreto. La atención se desplaza así hacia dos cuestiones clave: una consiste en analizar el fundamento de las opiniones que el intelectual abraza y difunde como propias, tienen en un conocimiento profesional y sistemático previo. La otra busca explicitar la significación cívica (por extensión política), de los valores que el intelectual propugna, tanto para sí mismo y su trayectoria, como para el lector. El resultado es una tipología vertebrada en torno al eje de dos grandes personalidades: las de Unamuno y Ortega y Gasset.
Unamuno se caracteriza por la disociación entre su labor intelectual, literaria y ensayística, y su labor profesional, la de catedrático de griego, especialidad que nunca cultivó con la investigación ni la erudición. Autodidactismo, improvisación, arbitrariedad, incoherencia y un inmenso ego marcaron su actividad pensante. Sus criterios oscilaron. Manifestó una hostilidad variable hacia la europeización de España, y persistente hacia la ciencia y el racionalismo. Escaso fue su interés por la educación y por la ética, y acentuada su atracción por las dudas y el drama religioso en torno al don de la fe. Su socialismo inicial en política y, más tarde, su republicanismo, le dieron fama de hombre de izquierdas que no le impidió, durante la República, rechazar con energía tanto el comunismo como el fascismo.
Según estas notas, Ortega y Gasset aparece como el polo opuesto de Unamuno. Ortega hizo de la europeización de España el eje de lo más granado y brillante de su pensamiento. En él sí existe estrecha conexión entre su medio de vida, -catedrático de filosofía- y su producción intelectual. Como filósofo, su raciovitalismo y su perspectivismo, aunque peculiares y originales, representan posiciones que se reconocen y acomodan bien con las dos tendencias fundamentales de la filosofía occidental contemporánea: el idealismo y el empirismo, junto con una marcada influencia del historicismo de Dilthey. La apelación a la unidad inescindible entre el hombre y su circunstancia, el aspecto más popular de la filosofía orteguiana, muestran la vocación cívica, más que política, de su reflexión. Ésta se centró, en su vertiente más creativa y fecunda, en esclarecer las claves de la civilización europea y el modo de hacer compatible los efectos de la industrialización, el desarrollo científico y la democratización, con las cargas y las responsabilidades de una cultura de elite compleja y exigente, sin cuya continuidad la libertad no podría subsistir. Enkvist subraya el respeto y el interés de Ortega por captar el interés del lector mediante un estilo al mismo tiempo elegante y muy cuidado, pero claro y sugestivo. Para ella es evidente que la actividad política de Ortega, de consecuencias más aparentes que reales, sólo trajo amarguras al filósofo, sobre todo a partir de 1932. Hasta el punto de convertirse, terminada la Guerra civil, en una especie de outsider, sin acomodo claro en la España franquista, ni compartir tampoco la condición de exiliado. ³Resumiendo -señala Enkvist-, causa cierto asombro que muchos críticos traten a Ortega no como el filósofo más grande que ha tenido un país hispanohablante sino como un señor que no adoptó una actitud políticamente correcta en su vida privada. () No hay muchos estudiosos que intenten acercarse a la obra de Ortega tal como éste quiso proponerla: como una ayuda a aprender a pensar y a ampliar los horizontes del lector² (págs. 75-76).
En la estela de estos dos grandes referentes sitúa la autora sueca los demás autores que analiza en la España de hoy. En la de Unamuno, sitúa los nombres de María Zambrano, Eugenio Trías y Eduardo Subirats; en la de Ortega, entre otros, los de Fernando Savater, José Antonio Marina y Félix Ortega. (Toda selección es arbitraria, y se echa en falta en este caso la referencia a una figura esencial en el debate intelectual y político sobre el nacionalismo como es Ion Juaristi). Cada uno de estos autores conserva, evidentemente, su especificidad, pero ello no impide subrayar significativas afinidades entre ellos en cuestiones de fondo, las cuales, a su vez, aparecen contrapuestas entre unos y otros. Así, del lado que podría llamarse ³unamuniano², autodidactismo, mezcla de géneros, asistematicidad, desconfianza o menosprecio de la ciencia y la razón, hostilidad, por dominadora, contra la civilización occidental, sensibilidad y atracción hacia las versiones subjetivas de lo religioso, desinterés por la ética y la educación, despreocupación por la transparencia y la precisión en la comunicación de contenidos y unas u otras formas de relativismo. Del ³orteguiano², adscripción a las tradiciones del humanismo y la Ilustración, conocimiento especializado y sistemático de la realidad estudiada, crítica del relativismo, del ³todo vale², del confusionismo de la postmodernidad y defensa de una ética civil para la democracia, fundada en los recursos de una educación para el conocimiento, la reflexión y la responsabilidad individual.
Vista con perspectiva, el valor de la historia intelectual se resentirá de un exceso de contextualización y más si este es predominantemente político, en desventaja de la calidad y el interés de las ideas de cada autor, y su capacidad para trascender las circunstancias en que se desarrollaron. Al fin y al cabo, fue Marx quien dijo que lo importante y difícil no consistía en explicar cómo nació el arte griego y la función social que desempeñó, sino su capacidad para trascender su propia época y servir de paradigma durante siglos. Los estudios de Envkvist no pierden de vista esta consideración fundamental.
|