- CERVANTES EN CUBA
Pío E. Serrano
No deja de ser curioso que tres de las figuras mayores de las letras cubanas apenas se asomaran en sus escritos a la obra de Cervantes, en particular al Quijote. En los textos a mi alcance de Félix Varela no hay mención expresa a Cervantes ni a su obra cumbre, quizá ello debido a la orientación cartesiana de su pensamiento y tal vez la desconfianza hacia un idealismo exacerbado; en José Martí es singularmente llamativa la escasez de referencias a una figura -la del Quijote- que se pudiera pensar cercana a quien no vacila en emprender tareas concebibles sólo en quien sabe oponer sus sueños a la terca realidad, sin embargo en su crónica ³El centenario de Calderón², nos dice, de pasada, ³Cervantes, que pasmó la Tierra²; y José Lezama Lima, tan arraigado a sus lecturas del XVII español, cuyos autores -Góngora, en primer lugar, Villamediana, Quevedo y Gracián- se entrecruzan en sus ensayos, raramente deja ver la sombra de Cervantes en sus escritos, y sólo en una entrevista, al recordar sus primeras lecturas, se extiende en la valoración de Cervantes: ³A los ocho años de edad mi madre me regaló el Don Quijote de la Mancha, y esta obra fue para mí predominante, porque me entregó su sentido prodigioso, que aparece sobre todo en la segunda parte, en la visita de don Quijote a la casa de los duques. Eso me dio un sentido mágico, maravilloso, que no podré olvidar nunca². Y más adelante añade: ³Mis grandes ídolos españoles, lo que yo más amo de la cultura española, son Cervantes, el Quevedo de Los Sueños y de los sonetos a la muerte, el prodigio de Las Soledades².
Sin embargo la recepción del Quijote en Cuba tiene un, relativamente, temprano eco en las páginas del Papel Periódico de la Habana (1790), la primera publicación periódica de la Isla, a pesar de que la imprenta ya estaba implantada en La Habana desde la segunda década del siglo xviii. El texto anónimo, aunque breve, revela las inquietudes de un autor de sólida formación humanística, muestra de una primera promoción de intelectuales criollos que comienza a dar señales de su identidad. Un signo igualmente apreciable en el presbítero José Agustín Caballero quien, en el mismo Papel Periódico, en 1798, entreteje razones cervantistas en su polémica con los defensores de la filosofía escolástica. Con más detenimiento, penetración certera y abarcadora, José de la Luz y Caballero muestra una cercanía espiritual al universo cervantino en las alusiones que desliza con agudeza también en el contexto de otra célebre disputa filosófica, la de 1840. Luz llega a llamar a Cervantes ³el más original desde que hay hombres².
Las frecuentes apelaciones a Cervantes y al Quijote (en un sentido o en otro, pues hubo casos, como en Domingo del Monte y José María Heredia, que acusaron de ³mal gusto² al texto cervantino) en esta primera generación de escritores criollos exhibieron un cabal conocimiento de la novela y de sus personajes, como fue el caso de José Antonio Saco y Manuel González del Valle, entre otros, además de los citados.
Pero no fue hasta la década de 1880 cuando habrían de aparecer las primeras piezas notables sobre Cervantes y su obra. De la mano de Tristán de Jesús Medina, Enrique José Varona y José de Armas y Cárdenas salen, desde perspectivas disímiles y complementarias, algunas de las monografías de mayor calado de la tradición cervantista cubana. Medina, uno de los descuidos más clamorosos de la historiografía literaria cubana, recibió la honrosa encomienda por parte de la Real Academia Española de pronunciar la oración fúnebre que el 23 de abril de 1861 debía pronunciarse en memoria de Cervantes en la iglesia de las Trinitarias, un texto que habría de extraviarse. Veinte años después, en 1881, Medina entregaría su ³Cervantes y Calderón², un texto recientemente recuperado por Jorge Ferrer y que, sin duda, conserva flecos ardientes de la que fuera su primera pieza cervantista. En 1883 Varona, despojado de la florida retórica de Medina, más agudo y trascendente, penetra con mano de sociólogo en las turbulencias de la sociedad que Cervantes pone en evidencia:
³[Š] al copiar los tipos que encontraba a su paso, al trazar el cuadro mucho más vasto que abarcaba ahora sus fantasías, fecundada por la observación, al declarar su terrible censura, al poner juntos la sátira y el ejemplo, se revelaba por primera vez en toda su fuerza el escritor humanista, que llora y ríe a un tiempo mismo, que se lamenta y ruge porque toca y aquilata y mide, y en una sola profunda mirada encierra la realidad mezquina y el ideal bellísimo que pudiera y debiera sustituirla, mientras que, para tormento suyo, comprende que tan noble aspiración está cautiva en los hierros de una incurable, de una invencible impotencia².
En 1884, con sólo dieciocho años de edad, José de Armas y Cárdenas (Justo de Lara) publica El Quijote de Avellaneda y sus críticos, el primero de sus numerosos ensayos sobre Cervantes y el Quijote, que habrían de convertirlo en el más notable cervantista de Cuba y uno de los más sobresalientes de la crítica hispánica.
En 1905, con motivo de cumplirse el tricentenario de la primera parte del Quijote, cobra un renovado auge el interés por el autor y sus emblemáticos personajes. En los talleres del Diario de la Marina se imprime la primera edición cubana del Quijote. José de Armas despliega una poderosa erudición en su Cervantes y el Quijote y Varona amplía su diagnosis sociológica sobre el escenario en que se mueven Cervantes y sus criaturas. El novelista Ramón Meza inicia con su Don Quijote como tipo ideal la crítica cervantina comparatista en Cuba al trazar un acertado paralelo entre Don Quijote y Robinson Crusoe, como encarnaciones respectivas de la cultura hispánica y anglosajona. El crítico Esteban Borrero Echeverría, Alrededor del Quijote, ahondará en la psicología de Don Quijote y Sancho como suma de la manera de ser y de sentir de toda una nación.
De nuevo en 1916 la circunstancia del calendario vuelve a despertar la reflexión cervantista en la Isla. Esta vez se trata del tricentenario de la muerte de Cervantes, celebrado con un ciclo de conferencias en la Universidad de La Habana, y cuyos textos más singulares fueron el original ³Psicología de Rocinante² del erudito jurista José Antonio González Lanuza; ³Cervantes como educador² del pedagogo Alfredo M. Aguayo, quien observa en el autor del Quijote una capacidad transformadora semejante a la de Shakespeare; ³Cervantes y el Romancero² de José María Chacón y Calvo, uno de los más notables hispanistas cubanos, que rastrea con detalle las huellas de los antiguos romances en la producción de Cervantes, un tema que retomará en 1920 don Ramón Menéndez Pelayo²; y ³Los documentos judiciales de Don Quijote² de Mariano Aramburu, un novedoso punto de vista en los estudios cervantistas.
Años más tarde, el hispanista Manuel Pedro González inaugura una serie de espléndidos ensayos sobre Sancho Panza que el cervantismo cubano ha venido dando a la luz. Se trata de una tesis doctoral en la Universidad de La Habana, La personalidad de Sancho Panza donde se desentrañan la génesis del escudero y la compleja y ennoblecida evolución del personaje. En 1947, Mirta Aguirre, una de las hispanistas cubanas que de manera más sostenida se ha asomado al universo cervantista, publica ³Estampa de Sancho Panza², una tema que habría de ampliar con sagacidad y erudición en el capítulo ³Supervivencia de Sancho² de su libro Un hombre a través de su obra: Miguel de Cervantes Saavedra. El tercer gran ensayo sobre el escudero viene de la mano de Beatriz Maggi, Falstaff y Sancho Panza, quien, lejos de audacias eruditas, se entrega al apasionante paralelo de dos figuras que desde su marginación se creen con armas y disposiciones distintas, pero que ambos ganan el corazón del lector. Un tema, el paralelo entre el trágicómico truhán inglés y el escudero manchego, al que con razones muy diferentes se había asomado con anterioridad José de Armas y Cárdenas en su El Quijote y su época (1915).
Pero fue Jorge Mañach quien abordó con una visión de mayor alcance los trasuntos últimos de la más célebre de las obras de Cervantes desde una perspectiva tan original como polémica. Con ánimo de precisión conceptual y metodológica, Mañach publica en 1948 Filosofía del Quijotismo, un examen en profundidad de las problemáticas filosóficas que derivan de la lectura del clásico. Para el ensayista cubano se trata de definir ³qué sentido histórico y normativo pueda tener el quijotismo en relación con nuestra experiencia y nuestras posibilidades como pueblos hispánicos². Para precisar lo que Mañach llamaba el ³absolutismo quijotesco, el filósofo cubano distingue entre ³quijotidad² y ³quijotismo², entendiendo por el primer término ³la actitud moral ante la vida que podemos atribuirle al caballeroso Alonso Quijano en su tranquila soledad manchega², y por ³quijotismo² su resolución de realizar en la vida aquel ideal contemplativo. Es el ejercicio de esta voluntariosa acción vital la circunstancia que lo conduce a la locura, al no poder conciliar su ideal ³con las posibilidades de la vida misma². Al querer enfrentarse a la tozudez de la realidad el Quijote se precipita en ³esa manera de frustrar el ideal que es querer impulsarlo más allá de lo que la realidad permite². Para oponerse al idealismo perturbado de Quijano, Mañach propone un ³idealismo cuerdo², que no consiste para él ³en querer violentar con absolutos la realidad que se resiste, sino en apoyarse sobre ella para irla superando².
En su ³Monólogo con Don Quijote² (1937), Gastón Baquero escribe una de las páginas más estremecedores sobre la guerra civil española, sobre las guerras y el fratricidio ciego de los bandos en que se divide una nación. Monólogo con Don Miguel de Unamuno, al año de su fallecimiento en Salamanca, con Don Quijote interpuesto, en el que se crece un desesperado aullido que clama por una concepción humanista, ³Hombrista² lo llama Baquero, ³lo mayor que el hombre puede ser en la tierra².
Con fecha más reciente, Roberto González Echevarría (³El prisionero del sexo. El amor y la ley en Cervantes²) aborda con maestría, desde su cátedra en Yale, el intrincado universo de las relaciones entre el amor y sus múltiples representaciones y el derecho como ³centro de la literatura española de los siglos xvi y xvii², y en particular en los misterios que encierra al respecto el Quijote.
Este apretado y parcial repaso sobre Cervantes en Cuba puede ser ampliado de manera más pormenorizada en tres obras bibliográficas: Bibliografía comentada sobre los escritos publicados en la Isla de Cuba relativos al ³Quijote² (1905, ampliada en 1929 bajo el título Cervantes en Cuba) de Manuel Pérez Beato; La tradición cervantina en Cuba (1947), con amplios e inteligentes comentarios bibliográficos de Juan J. Remos, quien dedicara numerosos ensayos a la obra cervantina; y Bibliografía cervantista cubana (2005) del joven investigador José Antonio Baujín.
En este nuevo aniversario cervantino, los cubanos vuelven sobre el ingenioso hidalgo, saben que su voluntad de enmendar entuertos, corregir la injusticia y propiciar la libertad no ha terminado. Bien lo saben. Don Quijote permanece como símbolo viviente de un ideal humano enfrentado y siempre en lucha contra los poderes despóticos, como el que azota al pastor Andresillo, o como el que no cesa de conducir galeotes por los polvorientos caminos (³porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres²).
|