El lado frío de la almohada


Belén Gopegui
Editorial Anagrama, Barcelona, 2004, 236 págs.

Pasados ya unos seis meses desde la publicación de El lado frío de la almohada, la polémica continúa. Opiniones atrabiliarias, defensas numantinas, artículos arrojadizos, reacciones en carne viva... No está mal que se hable tanto de un libro, ni tampoco de una escritora, Belén Gopegui, a quien, habiendo leído sus hasta la fecha cinco novelas publicadas, no puedo por menos que considerar una de las firmas más interesantes de la narrativa española actual. Lo que sí me resulta bastante triste es que todo este río de tinta tenga por fuente un libro deliberadamente redactado como apología de una dictadura. Dictadura que, no obstante, desde su punto de vista, contra toda evidencia y pese a tratarse de una persona sobre cuya sensibilidad e inteligencia no existe la menor sombra de duda, Belén Gopegui se empeña en no considerar como tal.
Lo cual me recuerda un pasaje de Do fuir, uno de los últimos tomos de diarios de Andrés Trapiello, en el cual el autor relata cómo, caminando por La Habana en el transcurso de uno de esos viajes que organizan los gobiernos y sus ministerios para sacar de paseo a la intelectualidad, se topa con una rata muerta, tirada en medio de la calle. Hecho, éste, que comenta, ya de regreso al hotel, con uno de sus colegas de viaje, pasaporte y oficio. Quien le responde que no, que está equivocado, que en La Habana no hay ratas muertas tiradas en mitad de la calle.
O sea: entre dogma y realidad, hay quien escoge la primera opción.
Esta es la alternativa por la cual, según uno intuye, Belén Gopegui ha optado, tanto en sus declaraciones posteriores a la publicación de El lado frío de la almohada y en su particular postura política sobre Cuba, como en la génesis misma de la redacción de su novela. Da la impresión de que la escritura de ésta no partiera de la duda, de un afán por indagar acerca del problema cubano confrontado sus diferentes piezas y aristas en un escenario de ficción, sino que, al contrario, fuese el a priori de la defensa a ultranza del régimen cubano la tesis central sobre la que el texto se vertebrara. Lo cual, de alguna manera, parece subvertir una de las escasas reglas de juego de la novelística contemporánea: Gopegui no parece escribir en busca de respuestas -o de nuevas preguntas-, sino como medio para refrendar, reafirmar y propagar unos postulados tenidos por ciertos de antemano. Base que, de algún modo, convierte en fallida una interesante perspectiva que uno cree vislumbrar en el propio título de la novela. Es decir, el ponerse en el lado del otro.
Así, inevitablemente, El lado frío de la almohada tropieza en una serie de prejuicios que han generado comprensibles y profundas irritaciones. Dar a entender, como se da en el texto, que ningún disidente cubano puede ser otra cosa que un interesado y venal agente proestadounidense, o despachar asuntos peliagudos como la existencia de la pena capital y de un institucionalizado trato vejatorio hacia los homosexuales en el régimen castrista, aduciendo que en algunos estados gringos la cosa anda por un estilo, son ejemplos de lo arriba mencionado. El fin justifica los medios. Pero sólo de una parte. Y su cuestionamiento, puesto en escena en el contexto de la venta a los espías/diplomáticos norteamericanos radicados en Madrid de un ficticio manifiesto aperturista por parte de sus homólogos cubanos en un intento de recaudar fondos que sirvan a la Revolución para adquirir ordenadores -ojo a la simbología: ordenadores, no armas, ni petróleo, ni nada feo-, nunca va más allá de admitir que los enormes sacrificios que conlleva mantenerla en pie a Ella y a sus loables fines puedan tentar a algunos a la debilidad, al desistimiento, a la rendición. O sea que el debate no es moral, sino fáctico. Más otro viejo a priori: la culpa de todos los males la tiene el bloqueo -respecto al cual toda la disidencia, siguiendo con los prejuicios relativos a su condición monolítica y mercenaria, se supone que está unánimemente de acuerdo- y en ningún caso la incompetencia y corrupción de la élite dirigente cubana, ni los vicios inherentes al sistema socioeconómico impuesto por ella. Turismo sexual incluido.
Si ya el hacer pasar por verosímil la enrevesada intriga de espionaje arriba aludida -y culminada con una improbable pifia de la inteligencia yanqui- le hubiese resultado poco menos que imposible a cualquier pluma no tan bien dotada como la de la Gopegui, es en la otra trama nuclear de la novela, versada en la fatal e imposible historia de amor entre la agente de la seguridad del Estado Laura Bahía y el agregado Philip Hull, donde la autora manifiesta más y mejor sus dotes literarias. Un tanto lastradas, eso sí, por lo poco creíble del contexto, y por un empleo escasamente sutil de lo subliminal -la cubana es mujer, joven e idealista y aparece ya como víctima en la digresión que anticipa su asesinato justo al comienzo del libro, mientras que el norteamericano, hombre, viejo y decadente, es quien sobrevive, cargando con la culpa y con el estigma de su cobardía-. Toda la novela, de algún modo, deja esa sensación de que algo no ha cuajado: la minuciosa disección de los rincones oscuros del deseo no es la de aquel rutilante debut que fuera La escala de los mapas; tampoco la introspección en los personajes, sus motivaciones y las mareas de realidad que en ellos influyen alcanzan las cimas de otros de sus libros más recientes. Incluso en el empleo, como elemento de contrapunto narrativo, de unas casi oníricas cartas enviadas por Laura Bahía a un innominado director de periódico, parece que Gopegui volviera a echar mano de un recurso narrativo que, a modo de fantasmagórico coro inspirado en la tragedia griega, encajaba a la perfección en su anterior novela, Lo real, sin lograr en esta última el mismo efecto. De hecho, todo cuanto en Lo real y anteriormente en La escala de los mapas hubo de acierto en la actualización de una novela social española aparece desdibujado en El lado frío de la almohada, como si la agudeza que la autora exhibía ahondando en el aquí y ahora -lo mismo que en el pasado reciente- de la España actual se hubiera desvanecido al manejar personajes y contextos que no le son inmediatos, y a los cuales, en consecuencia, no parece ser capaz de aproximarse sino a través de una instrumentalización ideológica de segunda mano.
Algo parecido a cierta escena televisiva, que un amigo me recordaba recientemente, en la cual Celia Cruz -que en paz descanse- era objeto de una perorata politicoide en la que dos colegas suyos, muy artistas y muy españoles ambos, se permitían el lujo de tratar de ilustrar a la cubana sobre la realidad de la situación política dentro de su país -el de la difunta exiliada, quiero decir-, todo ello con la condescendencia y amabilidad que se usa para explicarle las cosas a un adolescente obcecado. Postura, ésta, típica de la izquierda cultural española -término acuñado por Belén Gopegui en un artículo de prensa-, y a la cual da la impresión de haberse enrolado con bastante entusiasmo la autora de El lado frío de la almohada. De igual modo que al papel de estrella invitada del régimen de Castro, con su parafernalia de ferias, congresos, entrevistas, lisonjas, parabienes y pompa oficial.
Es esta posibilidad de dejarse seducir por el confortable rol de estrella roja, la que, finalmente, más me preocupa a mí, como lector suyo. ¿Podrá el genio de Belén Gopegui sobrevivir a tanta barahúnda? ¿Se enrocará ante las críticas ajenas, o encontrará tiempo y espacio para ejercer una íntima autocrítica? ¿Regresará al universo narrativo en que la conocí, o se instalará en una pose literaria politizada y ejemplarizante? ¿Está escrito ya su mejor libro, o aún por escribir? ¿Y el peor?
No lo sé. Nadie puede saberlo. Ni siquiera ella. Sólo con el tiempo se verá. Como en casi todo lo relacionado con Cuba, también en esto da la impresión de que sólo cabe esperar.

Javier Alonso Benito

CULTURA Y ARTE Nº 22
LIBROS
Cuaderno de Feldafing de Rolando Sánchez Mejías - Waldo Pérez Cino
Iré a Santiago de Cuba de Mario Guillot - Ángel Rodríguez Abad
En Brazos de Caín de Alberto Lauro - Ángel Rodríguez Abad
¿Cómo le corto el pelo, caballero? de Luis Landero - Carmen López Palacios
Delirio Nórdico de Antonio Álvarez Gil - Pío Serrano
El Comandante ya tiene quien le escriba de Enrique del Risco - Pío Serrano
El viaje de los elegidos de Joaquín Gálvez - Jorge de Arco
El teatro cubano durante la república. Cuba detrás del telón de Matías Montes Huidobro - Roberto Fandiño
Biografía del Che de Fernando Díaz Villanueva - Víctor Llano
El lado frío de la almohada de Belén Gopegui - Javier Alonso Benito
CINE
- Habana Blues - Calixto Alonso del Pozo
- Siete días, siete noches - Roberto Fandiño
EVENTOS Y EXPOSICIONES
- La Galicia Moderna. 1916 - 1936 - Ángel Rodríguez Abad
- Manuel Díaz Martínez: señales de vida - Alfonso Martínez Galilea
MÚSICA
- Carlos Faxas. Música en peligro de extinción - Irma Alfonso

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