HOMENAJE A JOSÉ MARIO

JOSÉ MARIO, ADOLESCENTE ARDIENTE

Pío E. Serrano

En La Habana convulsa y vibrante de 1961 el nombre de José Mario llegó a convertirse en una suerte de mágica enseña entre los noveles escritores de la ciudad. Menudo y activo, con su rostro de chino viejo, de fácil risa pero severo y preciso cuando de su tarea editorial se trataba, José Mario era la figura central de un proyecto editorial autónomo que llegó a ser un centro de imantación de los jóvenes universitarios ansiosos por dar a conocer sus primeras escrituras: eran las Ediciones El Puente y el grupo literario nucleado a su alrededor.
Recién llegado a La Habana, me había acercado al grupo y confieso que no salía de mi asombro ante aquellos jovencísimos escritores que, ajenos a las pugnas por el poder cultural que se desarrollaban en otras instancias, se proponían, sencillamente, asaltar el cielo.
Así, casi sin proponérmelo y con un pobre bagaje que aportar al cónclave, quedé inserto en el grupo literario El Puente. Y el grupo era exactamente eso, un puñado de jóvenes interesados en la literatura que buscaba su propio sitio. En el seno de El Puente había desde los fervorosos revolucionarios de los primeros años hasta los tibios contempladores de aquella agitada realidad: Isel Rivero, Ana María Simo, Reinaldo García Ramos, Belkis Cuza Malé, Josefina Suárez, Gerardo Fulleda león, Nancy Morejón, Miguel Barnet... Constituíamos la primera promoción de los jóvenes autores de la revolución. Sólo la terca y pertinaz constancia de José Mario hizo posible que aquellas tormentas de apasionadas ideas se convirtieran en la maravillosa sucesión de libros, modestos y decorosos, que se hacían de un sitio en las librerías.
En realidad los participantes de El Puente no estábamos vinculados por una poética común ni por una homogénea disposición política. Esta disimilitud no era obstáculo entonces para la fraternidad compartida en un proyecto común. Lo que sí nos unía era una voluntad de independencia, de autonomía, manifiesta en la variada dicción de nuestra escritura, opuesta tanto al origenismo, según lo entendíamos entonces, como al bloque formado por la generación del 50. En este sentido, José Mario dio siempre una lección de tolerancia y de pluralismo, distanciada de cualquier tipo de capillismo o de jardín vedado a muchos. La amplia muestra de los autores que firmaron la veintena de títulos publicados, disímiles en sus edades, orígenes sociales, géneros y estilos literarios, permite verificar la flexibilidad de criterios con los que José Mario y Ana María seleccionaban los proyectos.
Vivimos aquellos años con intensidad extraordinaria. Todo resultaba precario y enfervorecedor a la vez. Cada nuevo libro significaba una lucha por la obtención del papel, la disponibilidad de una imprenta (todavía había imprentas independientes), distribuir los ejemplares. José Mario era el factótum y cada dificultad la vencía con la tenacidad del que se entrega por completo a una obra en la que se lo juega todo. Pero el dinamismo de José Mario también nos conducía a una Habana vertiginosa y protéica. Por las madrugadas se nos podía encontrar en los cafés del puerto, en El Gato Tuerto escuchando el tenso decir poético de Miriam Acevedo o en La Red, entre las violentas y pasionales convulsiones de La Lupe.
Después, después vino una larga y densa noche. Entre 1965 y 1968 la oscuridad se apropió de aquel fervor y el entusiasmo fue metódicamente perseguido, encarcelado o forzado al exilio. Después de publicar la decisiva antología Novísima poesía cubana (1962), quedó en pruebas la Segunda Novísima de Poesía Cubana (1965). El periodo de existencia de El Puente coincidió con el de lo que apropiadamente podríamos llamar ³revolución cubana². A partir de 1968 la revolución se convierte en ³régimen², pierde su espontaneidad, abre las puertas a la influencia soviética y el país todo -incluida la cultura- asume los instrumentos de una sociedad totalitaria, excluyente, intolerante. Un proyecto como El Puente no tenía cabida en ese nuevo diseño. Isel Rivero se marcha temprano del país, Ana María Simo debió marchar al exilio y José Mario fue enviado a los campos de trabajo forzado de las UMAP.
La obra poética de José Mario se inscribe en lo que provisionalmente llamaremos Segunda Promoción de la revolución cubana, una promoción que el tiempo habría de fraccionar en tres grupos: el grupo de El Puente, el del Caimán Barbudo y el de los que habrían de publicar sus primeros libros en el exilio. Históricamente se caracterizan sus autores por haber depositado su adolescencia en el año 1959, al triunfo de la revolución. Los signos de ese tiempo histórico -rebelión enardecida, enfebrecido entusiasmo colectivo, subversión de todos los valores, apuesta por la utopía- coincide con sus determinantes biológicos. Con edades comprendidas entre los 17 y los 20 años sólo se podía ser revolucionario en la Cuba de 1959.
El estado entonces de la poesía cubana giraba en torno a la generación de Orígenes, fatigada ya a los impetuosos y precipitados ojos de los jóvenes, que sólo y erróneamente veían en ella la hermética cúspide del neobarroco lezamiano, olvidando los plurales discursos poéticos que los origenistas habían engendrado. Por otro lado, la generación posterior a Orígenes, poetas nacidos casi todos en la década del 30, que conformaron la Primera Promoción de la revolución, habían comenzado el asedio a Orígenes y desplazaban su escritura poética desde lo oscuro hacia la diafanidad del diálogo abierto, hacia un moderado coloquialismo. Y aunque sobre ellos pesaba el severo juicio del Che Guevara, ³No hay grandes artistas de gran autoridad que, a su vez, tengan gran autoridad revolucionaria...², es decir, la lápida del ³pecado original², se instalaron en el territorio del poder cultural de entonces. El panorama literario se concentraba en el suplemento Lunes de Revolución que, de hecho, venía a ser el vehículo de expresión de la generación de escritores del cincuenta. Los ³lunes² se convertían en una cuña entre los origenistas, que rechazaban, y la nueva promoción, que ignoraban.
Libres del ³pecado original² por su edad, los poetas de El Puente carecieron de cualquier sentimiento de culpa y asumieron su compromiso con la nueva sociedad desde un sentimiento de absoluta libertad. El Puente se alzaba entre el origenismo, aparentemente agotado, y el dominante bloque formado por la generación anterior, considerado como excesivamente acomodado al nuevo poder revolucionario y cuya postura acrítica era tachada de oportunista y panfletaria.
A pesar de que esta incómoda posición les reservara acerbas críticas, tanto de índole política como literaria, lo cierto es que los poetas de El Puente no sólo constituyeron un referente importante para la poesía cubana de entonces, sino que todavía hoy, cuatro décadas después, la mayoría de sus figuras continúan pesando en la plural cartografía de la poesía cubana. Tal es el caso de Isel Rivero, de Reinaldo García Ramos, de Nancy Morejón, de Lillian Moro, de Gerardo Fulleda León, de Belkis Cuza Malé, de Luis Rogelio Nogueras, de Miguel Barnet, de Delfín Prats, de Guillermo Rodríguez Rivera, de Pedro Pérez Sarduy, de Georgina Herrera, de Manuel Granados... y, por supuesto, del propio José Mario. En otras palabras, que la experiencia de El Puente no fue ni tan disparatada ni tan irresponsable ni tan prescindible como algunos han querido juzgarla.
José Mario, con casi una decena de títulos publicados en Cuba en la década del 60, manifiesta desde sus primeras entregas una inalterada tendencia hacia la minuciosa exploración de un sentir atormentado. Sus primeros textos parecen provenir de una sustancia magmática donde la desesperación y la angustia segregan una escritura fragmentaria y desgarradora. Es el testimonio de un malditismo irreverente, lenguaraz y heterodoxo, que no deja de estar recorrido por delicados estremecimientos líricos, propios de su íntimo trato con la poesía española de los siglos de oro. Uno de sus primeros libros, El Grito, es una perfecta muestra de esa dicción atropellada, igniforme. Tempranamente mordido por la angustia vital, José Mario, adolescente ardiente como Rimbaud, nos estremece con un alarido prófugo de la esperanza. Importuna canción para un tiempo que se quería fundar en esa esperanza desacralizada por el poeta. La desesperación existencial del autor fue cruelmente confundida por los comisarios con la desesperación y la inadecuación política. Sus versos, diríamos hoy, eran ³políticamente incorrectos². Cuando todos se empeñaban en cantar a un renacido optimismo, a un solidario presente positivo, venía el aguafiestas a importunar el jolgorio. Pero se equivocaban, lo leyeron mal, José Mario sólo quería, nos dice en sus versos: ³Se ofrece un poeta / Se ofrece un poeta a velar por la verdad²; sólo deseaba: ³Quemar los diccionarios / para hacer nuevas palabras²; en fin, sólo anhelaba, lo inscribe en su último verso: ³La esperanza de mi pueblo se enfrenta al medio hasta derrotarlo².
Su obra, junto al resto de las publicaciones de El Puente, siguió creciendo y multiplicando sus lectores. La influencia no sólo de su voz, sino de su actitud, quedó latente aun cuando debió marchar al exilio. Borrado su nombre de los diccionarios, silenciado El Puente de las historias literarias oficiales, su figura quedó latente en el imaginario poético de las nuevas generaciones. Cuando hoy leemos los provocadores e irreverentes textos escritos en Cuba por algunos de los jóvenes poetas del 80 y del 90 no podemos dejar de pensar en aquella llama que dejara prendida la labor de José Mario.
Ya en el exilio, José Mario, adolescente siempre, continuó en Madrid, donde volvimos a encontrarnos, su apasionada labor de editor y difusor de la poesía cubana, a la que añadió ahora la presencia de poetas españoles e hispanoamericanos. Así nacieron en España las prolongaciones de Ediciones El Puente bajo los sellos de La Gota de Agua (1970) y Resumen Literario El Puente (1979-1981). A su nueva aventura José Mario, con entusiasmo y laboriosidad incombustibles, logró integrar las jóvenes voces que en el exilio despertaban a la poesía, tales como Felipe Lázaro y Edith Llerena, o sostenía la presencia de algunos de los fundadores de El Puente, como Isel Rivero y Delfín Prats; al tiempo que rescataba a uno de los mayores poetas de la generación del 50, Heberto Padilla (Provocaciones, 1973), sujeto de una severa represión por el régimen cubano.
La continuidad de la obra de José Mario escrita en el exilio nos devuelve al poeta desasosegado, inquieto siempre por la desazón existencial, pero renovado en su escritura, aposentado ahora en el versículo reflexivo, en una expresión menos atormentada formalmente. No hablemos de la desesperación (1970), contiene algunos de los poemas más hermosos de José Mario. Pienso, sobre todo, en aquellos alimentados por el transtierro, donde se recupera una ciudad, La Habana, con sus ángeles y sus demonios, los seres queridos y esa madre ³que hace la historia de todos los que han muerto en mi familia². Incluso los poemas amatorios, por más escepticismo que segreguen algunos de sus versos, están cargados de una intensa humanidad, de una profunda intimidad dolorida y serena.
Falso T..., un largo poema unitario de 1978, a pesar de ciertos elementos herméticos, revela la misma pasión intimista, restitución de la memoria, inventario de naufragios. El poeta atrapado entre la memoria del amor y el Tiempo, confiesa su feliz fracaso: ³la imaginación es mi derrota².
Trece poemas, escritos entre 1973 y 1987, publicado en 1988, es una colección de textos donde la pasión por lo bello, la nostalgia de la espiritualidad, el gesto erótico se convierten en memoria y conciencia ardientes. Laberinto de pálpitos, conjuros de la desesperación para mantenerse vivo, como esa vela que nos recordaba Pasternak que se consume por sus dos extremos.
Así es la obra editorial y la poesía de José Mario. Por una parte, el entusiasmo y la constancia del animador generacional que no se rinde a las circunstancias por adversas que sean y abre un espacio coral para sus contemporáneos; por otra, el poeta. La conciencia de un héroe trágico que se sabe solo -la soledad es uno de sus temas recurrentes- pero que desde la duda revela el anhelo de la presencia de la divinidad, del padre, de la madre. Paradójica nostalgia de la plenitud de un iconoclasta irreverente. Desesperado grito que sólo busca el gesto, la palabra que lo reconcilie con el todo.

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