- PONENCIAS
JOSÉ MARTÍ, POETA TOTAL:
CUBA, SU MAYOR POEMA
Orlando Fondevila
Un hacedor de libros puede ser un cómodo espectador del mundo o un desfacedor de entuertos arrellanado en el confort sensual que los afanes de otros le han propiciado. O un sufridor artificial. O un imaginativo inveterado. O un socarrón que nos burla con su fabular y sus conjuros. Remedos hasta cierto punto más nobles que otras drogas. Pero puede ser también un ilustre representante de la especie en su infinita ascensión a la verdad. La filia de Martí, su parentesco más cercano está en la última definición, aunque no lo colme totalmente.
Martí no fue un hacedor de libros, lo que no significa que no fuera un escritor excepcional. Fue un príncipe de la palabra, sea escrita, sea hablada, bordando con arte incomparable cada una de las voces y los entramados del idioma. Y fue, por encima de todo, un poeta. Un poeta en el verso fino y en la prosa opulenta y como repujada. Poeta en lo elevado del intelecto y en la humana agonía de la existencia, en lo premioso del espíritu y en el garbo de la acción. Su obra en verso fue breve: un par de poemarios y unas decenas de poemas dispersos, muchos de ellos conocidos y publicados después de su muerte. Su obra en prosa abarcó cientos de artículos, ensayos, cartas, discursos y algunos intentos menores en la novela o el teatro. Hoy todos los estudiosos de la lengua castellana y su historia literaria coinciden en que la prosa de Martí renovó en su tiempo la manera de escribir en español -yo diría también de hablar, a pesar de las diferencias que aprendí con Alfonso Reyes-, convirtiéndola en verdadero arte. Martí salta por sobre diferencias y encasillamientos, sean de género, de escuelas o de generaciones y se instala asombrosamente, a mi modo de ver, en un ubicuo escenario superior, al que sólo unos pocos acceden, pero desde el cual él llega con facilidad a los otros. Acercársele es sentir que se está ante el dueño del idioma, ¡qué digo dueño!, ante el inventor del idioma. Inventor que, además, acomoda suavemente su invento a la humilde sensibilidad de sus gozadores, quienes por su parte, aun cuando no pudieran comprender cabalmente el significado de cada vocablo, sí serán capaces de percibir su sentido último, el que está en su aroma, en su brillo y en su melodía, es decir, en su poesía. El sello identificador de su obra y de su estilo -sea el literario o el de su vida- es la poesía.
Poeta siempre, hablar de prosa en Martí sería reducir académicamente, en vano tecnicismo, los conceptos. El empleo de las imágenes, de las metáforas, el color y la musicalidad de la escritura martiana, ¿no es poesía? ¿Qué es en verdad poesía? ¿Es que acaso no hallamos más poesía en muchas de las prosas martianas que en algunos poemas prosaicos tan al uso y aceptados propiamente dentro del género? Además, abundan los textos martianos que podrían ser ordenados versicularmente y ser constitutivos de hermosos poemas a la manera más actual del oficio poético.
En un luminoso ensayo sobre el enorme Juan Ramón Jiménez, desentrañando las esencias de la poesía, señalaba Gastón Baquero: ³El misterio de ésta se disuelve (de la poesía) y configura de tal manera dentro del vaso del lenguaje, que a veces vemos como a un poeta le falla el verso, luego le falla el poema y, sin embargo, se le da la poesía; a la inversa -y este es el más frecuente de los casos- se le da el verso, con abundancia, con rotundidad, y luego en ocasiones se le da el poema, pero no vemos la poesía por parte alguna². Pues bien, a Martí puede arrugársele el verso o desfigurársele el poema, pero siempre se le dará la poesía, que no necesitará más que mostrar con sinceridad su propia sustancia. Todo lo que emanará de su espíritu y de su pluma será poesía.
Tomemos al azar un fragmento de la crónica que tituló ³El centenario de Calderón², y ordenémoslo en verso:
Allá en la noche, en que los teatros hierven,
y aquí es un auto
allá una comedia de reír
allá de celos y una tragedia en éste
y en aquél un poema hablado,
día parece la nocturna sombra.
O detengámonos en el hermoso poema ³Copa con alas² y percatemos como la primera estrofa puede redactarse en forma prosaica, o la última está conformada en hermosos versos irrompibles, y en ambos casos pervive soberanamente bella la poesía:
³Una copa con alas ¿quién la ha visto/ antes que yo? Yo ayer la vi. Subía/ con lenta majestad, como quien vierte/ óleo sagrado; y a sus dulces bordes/ mis regalados labios apretaba./ Ni una gota siquiera, ni una gota/ del bálsamo perdí que hubo en tu beso.²
³Oh amor, oh inmenso, oh acabado artista!
En rueda o riel funde el herrero el hierro;
Una flor o mujer o águila o ángel
En oro o plata el joyador cincela;
Tú solo, sólo tú, sabes el modo
De reducir el Universo a un beso!
Ahora disfrutemos de esta muestra, teñida de una emoción lírica y mística que recuerda a los grandes poetas místicos españoles -en cuya fuente abrevó con fruición Martí-, sólo que en su caso la emoción y el éxtasis no es religiosa, o mejor, se trata de una religión que Martí está fundando: Cuba, su patria. Escribe Martí, en pleno éxtasis ante el paisaje cubano pocos días antes de morir, al fin en tierra cubana, después de un largo exilio insomne:
³La noche bella no deja dormir. Silva el grillo; el lagartijo quiquiquea, y su coro le responde; aun se ve, entre la sombra, que el monte es de cupey y de paguá, la palma corta y espinada, vuelan despacio en torno las animitas; entre los ruidos estridentes, oigo la música de la selva, compuesta y suave, como de finísimos violines; la música ondea, se enlaza y desata, abre el ala y se posa, titila y se eleva, siempre sutil y mínima -es la miríada del son fluido: ¿qué alas rozan las hojas? ¿qué violín diminuto, y oleadas de violines, sacan son, y alma, a las hojas? ¿qué danza de almas de hojas?²
¿Es que puede superarse este primor amoroso y artístico, es decir, poético? Esta lujuria de cadencias, esta plasticidad exaltada, esta sensualidad cálida e ingenua, ¿no es Cuba? ¿no es lo cubano? Sí lo es, y es más, es lo cubano fundacional. Martí funda con su poesía a Cuba y a la literatura cubana. Aunque es una fundación paradojal porque no encontramos discípulos o émulos de la literatura martiana (prosa y poesía) en toda la literatura cubana -y por cierto, tampoco en la política, pese a múltiples y retóricos reclamos-. El Martí escritor -y el político- es un absoluto original.
El idioma es sus palabras, esas acumuladas por la raza, buriladas cada día por los hablantes -y, evidentemente por los escritores-; esas envueltas y desenvueltas, encogidas o estiradas, áridas o jugosas, volubles en sus significados, trascendentes en su perfume, cálidas y brillantes como el rocío de cada mañana; con sus colores variados y desbordados, con sus estridencias y con su música insondable. Esas apresadas en el cifrado y descifrado infinito de sus códigos, con las leyes y trampas de sus ilimitados enlaces y contra-enlaces, con lo que dicen y lo que dicen más allá de lo que dicen. Tan humanas como la vida y tan divinas como su misterio. Pues bien, no conozco yo otro escritor y hablante en español con tan espontáneo y delicadamente apoteósico imperio de las palabras como José Martí. No sólo parece que las conociera todas, sino que todas fueran de su personal hechura (incluso muchas lo fueron). Pero su abundancia torrencial no es jamás farragoso aguacero, sino lluvia refrescante y limpia. Su claridad es siempre oscura, porque siempre habrá que adivinarle un ultra-sentido que nos estremece; su oscuridad es siempre clara, porque siempre percatamos su mensaje, inteligible si no al intelecto, sí a la emoción. Su sencillez siempre es hondura, porque aun haciéndonos andar por las más despejadas avenidas, sentimos que bien cerca de nuestras plantas se hallan los cimientos mismos de la tierra y de las estrellas; y su hondura es siempre sencilla, porque es lo grande acariciador, porque nos llega como amor, y el amor es siempre hondo y sencillo a un tiempo. La palabra de Martí -su poesía- es como una despaciosa catarata de rubíes y esmeraldas que nos deslumbra sin enceguecernos, por el contrario, nos acrece y ensancha la mirada para los pequeños tesoros y nos coloca en perspectiva humana lo desmesurado. Su palabra es siempre paradigmática y a la vez entrañable, no hay caso para la lejanía o el extrañamiento; nos abrasa y a pesar de su temperatura a punto de ebullición, nos calienta como el hogar y no nos quema jamás. Quien se le arrime, quien le roce con la sensibilidad despierta, no sólo le amará sino que no será ya nunca más el mismo ser humano. Sé muy bien que quien no le conozca, o quien presuntuosa y estérilmente pretenda hacer ciencia de estilos, clasificar lo inclasificable, parcelar misterios enfriándolos para manosearlos mejor; podrán esos, los que no han conseguido tocarle las vísceras a la poesía, su entraña ética , su sustancia lindante entre lo humano y lo supra-humano (o lo que esto sea), podrán esos, insisto, sonreír a mis asertos y ladear compasivos sus cabezas ante lo que considerarán mis ingenuas o ignaras exageraciones. Mi respuesta, que es mi invitación, es que se acerquen al poeta Martí, que le conozcan.
Estas ignorancias y olvidos han llevado, incluso, a que algún ³experto² en literatura cubana haya organizado una supuesta lista de escritores canónicos, supuestamente referentes de la cultura cubana y de lo cubano, ¡excluyendo a Martí! Si no se tratara de beocia supina a primera vista, bastaría con enterarse de lo que sobre Martí han escrito estos mismos canónicos y otros igualmente ignorados. Lezama, por ejemplo, entre otras devociones aseguró lapidariamente ³Y José Martí, como decían los clásicos, Nullum para elogium, no hay ni con qué elogiarlo. El hombre de todas las inauguraciones, de todas las fiestas del idioma, de todos los nacimientos, de todas las epifanías².
Pero yo quería hablarles de la poesía de Martí y la identidad nacional de Cuba. ¿Y qué he hecho hasta aquí? Pues precisamente hablarles de eso, aunque sea algo tangencialmente. He afirmado que Martí fue sobre todo un poeta, también un poeta en la vida, en la acción. Y el centro de su vida, de su acción, de su paso por el mundo, es decir, el centro de su poesía no fue otro que Cuba, que la nación cubana. Para él, Cuba y la poesía eran un misterio, en el sentido que de hermoso, cautivador, amoroso e inefable tiene el misterio. Esos amores y esos misterios le hicieron escribir uno de los más estremecedores y esplendentes versos que se hayan escrito: Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche ¿O son una las dos? Y tanto fueron Cuba y la poesía (una y lo mismo) el centro de su vida, tanto lo fue que Cuba, y no ya la independencia política a la que dedicó su vida, sino el propio ser de la nación, aunque venía cociéndose lentamente desde hacía siglos, ha sido, poéticamente hablando, un sueño, una creación martiana. Se ha afirmado por algún brillante ensayista que Cuba es una invención martiana. Respetuosamente discrepo, porque esa supuesta invención nos estaría diciendo que la nación cubana no era una entidad ontológica -¿lo es?- y ha venido a ser algo artificial producto del intelecto y la voluntad de un hombre, y yo pienso que el ser de la nación cubana era y es incuestionable, puede que amorfo antes de Martí, tomando tamaño definitivo en el sueño martiano. Soñó una nación y un hombre que ciertamente no existían en la realidad, tal y como los hemos concebido desde entonces, pero sí en la poesía. Y la poesía, aunque lo descrean los exactos racionalistas o los confusos teoricistas de las postmodernidades, es también una forma de verdad, y un camino -puede que el mejor- hacia la verdad. Gastón Baquero, bien conocido para los aquí presentes, refiriéndose justamente al poeta Martí, escribió: ³La capacidad poética de Martí le hizo eminentemente porvenirista, como ocurre siempre en los poetas genuinos. Por este porvenirismo se convierte en un programa, en una entidad por hacer, por ser vivida². Así Martí tórnase en el programa de Cuba, y en el sueño de cada cubano. Que no es un programa detallado, que no toma posición clara ante los problemas que tendría la República independiente, es cierto. ¡Pero es que se trata de un programa poético, fundacional! Y este programa y este sueño sí habitan, han habitado hasta hoy en el reino de la poesía, en el imaginario de la nación. Lo cual no quiere decir que no sea verdad. Cuba es verdad, la nación cubana es verdad. Habita en la poesía de Martí, en el poeta Martí. Podrán discutirse o contradecirse en la realidad de hoy o en la de mañana algunas o todas sus ideas, es igual, lo que no podremos hacer nunca, salvo para perder definitivamente la identidad de la nación, es aparcar el sueño cubano de Martí, su poesía. Por suerte él mismo nos dejó la advertencia portentosa:
³¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda la fruta se acaba en la cáscara. La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe o el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida.²
Martí es, entonces, insisto, un poeta total, en el verso, en la prosa, en la palabra y en la acción, en la fundación poética de la nación cubana (por cierto que en los orígenes de todas las naciones hay mucho de poesía, tanto que no hay nación sin poesía fundadora). Lo que no quiere decir que el Martí poeta -en el sentido literal del término- lo haya sido en virtud de su poesía civil, no. Los mejores versos de Martí debemos buscarlo en otros temas y en otra cuerda, como ya vio tal vez antes que nadie -y vuelvo a él- Gastón Baquero. Pero siempre en el aliento soterrado estará Cuba, y estará su agonía de exiliado y su obsesión por conseguir la patria. Es cierto que un poema como ³Sueño con claustros de mármol² es difícilmente superable en su tensión sobrecogedora, en su eficacia artística y en su mensaje patriótico, pero se trata casi de un momento aislado en sus versos. Lo mejor, y hay mucho, debemos buscarlo como he venido diciendo, en otra parte. Disfrutemos de esta impresionante estrofa:
Sueño con claustros de mármol
Donde en silencio divino
Los héroes, de pie, reposan:
¡De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos: de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: las manos
De piedra les beso: abren
Los ojos de piedra: mueven
Los labios de piedra: tiemblan
Las barbas de piedra: empuñan:
La espada de piedra: lloran:
¡Vibra la espada en la vaina!
Mudo, les beso la mano.
No importa, insisto, que sus versos, o lo mejor de ellos, no lo encontremos dentro de la poesía civil, o política, o ³comprometida², como también se le ha llamado. No importa que su carga patriótica la debamos encontrar en el discurso, la epístola o el artículo. En ellos está también su poesía. Y toda su poesía es Cuba.
No importa. Los hispanohablantes tenemos en Martí un altísimo poeta, un prosista extraordinario, un estilista sin par del idioma. Los cubanos tenemos, además, al hombre que soñó nuestra nación (que la hizo poesía) y que la quiso y nos quiso como nadie, y que nos dejó un modelo moral de conducta ciudadana al que debiéramos siquiera acercarnos. A nada de esto podemos renunciar los cubanos si vamos en verdad algún día a ser una nación y un pueblo de hombres libres y prósperos. Sin su poesía no podríamos ser, ni podríamos vivir.
Orlando Fondevila Suárez. Poeta y ensayista. Reside en Madrid. Ha publicado los poemarios Poesía desde el Paraíso y De cosas sagradas, además de ensayos y artículos en revistas de EEUU, España e Italia.
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